Peio J. Monteano. 1512-1529. Los navarros ante su conquista

Peio J. Monteano

Peio J. Monteano. (J.BERGASA)

Ahora que nos disponemos a rememorar la conquista de Navarra, una de las cuestiones que plantea la sociedad navarra a los historiadores se centra en el papel que tuvieron los propios navarros en esa larga guerra que se saldó con la pérdida de la independencia y la división del reino. Y, a decir verdad, es una pregunta a la que, al margen de nuestra sensibilidad política actual, quienes nos dedicamos a indagar en nuestro pasado estamos obligados a responder con profesionalidad y honestidad intelectual.

Tradicionalmente se ha venido defendiendo -algunos aún lo hacen- que los navarros, cansados de guerras civiles, aceptaron de buen grado la conquista y casi con entusiasmo se integraron en el proyecto colectivo hispánico. Pero la verdad es que el estudio de la documentación de la época proporciona una imagen muy distinta.

Al atardecer del 12 de octubre de 1523 llegaba a Pamplona el emperador Carlos V. Entre su séquito se encontraba el embajador de Venecia, un cardenal llamado Gaspar Contarini (1483-1542). Al astuto diplomático le bastarían apenas tres meses de estancia en la capital navarra para hacerse una imagen de la situación política que se vivía en el reino cuando éste llevaba más de una década bajo dominio español. “Hay en este reino dos parcialidades. Una, la de los agramonteses, de la que es jefe el gran Mariscal y éstos son franceses. La otra es la de los pamploneses y éstos son afectos a los castellanos. Es jefe de éstos… el conde de Lerín. Sin embargo, universalmente, todos los de este reino tienen odio a los españoles y desean a su rey natural, que es el señor de Albret”. (Enrique II de Labrit, El Sangüesino).

¿Era eso verdad? Hemos de admitir que poseemos muy poca documentación que permita conocer la opinión de los navarros de la época. Apenas los datos incluidos en los procesamientos a que fueron sometidos los disidentes y la correspondencia incautada a los exiliados. Tampoco del aliado francés nos ha llegado mucha información, aunque el reciente descubrimiento en los archivos de París de la correspondencia de los generales y capitanes franco navarros que dirigieron las campañas de 1521 (Lesparre, Bonnivet, Santa Coloma, Estissac, Luda, etétera) arrojará en el futuro mucha luz sobre el tema.

Así pues, hemos de recurrir a lo que respecto a la actitud de los navarros nos dicen los propios generales del ejército conquistador. Una fuente a la que, sobra decirlo, ha de darse alta credibilidad, pues habla en contra de sus intereses. Si la primera conquista de 1512 fue atemperada por la política de respeto institucional y reconciliación política de Fernando el Católico, no ocurrió lo mismo con la segunda, puesta en marcha por Carlos V tras la breve liberación del reino en mayo de 1521.

Los libros de Historia de España y de Navarra -los oficiales- suelen presentar la campaña de 1521 como una mera invasión francesa malograda un mes más tarde con su derrota en los campos de Noáin. Pero el estudio de la documentación del Archivo de Simancas muestra claramente que la entrada del Ejército franco navarro fue en realidad un paseo militar gracias al levantamiento general del reino. Pamplona, Sangüesa, Estella… se alzaron en armas y sus vecinos consiguieron expulsar a las guarniciones españolas. También las victorias obtenidas en Yesa, Obanos y Zegarrain fueron protagonizadas por tropas exclusivamente navarras. Y así, el propio condestable de Castilla, general del Ejército hispano, informaba al emperador en carta de 11 de junio de 1521 desde Santo Domingo de la Calzada: “Todo el Reino se levantó por don Enrique”.

Inmediatamente después, el Ejército español cruzó nuevamente el Ebro para iniciar la segunda conquista de Navarra. Ésta sería mucho más larga y brutal que la primera. Las tropas hispanas, mal pagadas y abastecidas, saquearon sistemáticamente todas las localidades que encontraron en su camino desde Viana a Pamplona, la mayoría de ellas de sus hasta entonces aliados beaumonteses. Y, tras ello, el mismo Condestable aseguraba al emperador que habían convertido a sus aliados en enemigos, mientras que el otro general español, el Almirante, sentenciaba al monarca refiriéndose a los navarros: “los hemos perdido a todos”. Días más tarde, ambos generales obtenían una rotunda victoria en Noáin frente al Ejército franconavarro, donde, entre otros, se encontraban los 600 soldados de la milicia de Pamplona a las órdenes del beaumontés señor de Orkoien.

A finales de ese mismo año, era el nuevo virrey español quien, tras informar del ahorcamiento de una decena de legitimistas navarros, retrataba el reino para el emperador: “Todo en Navarra está muy peor de lo que solía. Todos los más de los principales agramonteses y toda la otra gente de Navarra agramontesa no puede estar peor de lo que está. Y de los beaumonteses muy gran parte”. Y reconocía que España tan solo tenía el apoyo del conde de Lerín y de una veintena de nobles.

Ésta era la Navarra que se encontraría el perspicaz embajador veneciano apenas dos años después, a finales de 1523, cuando el emperador en persona se apresuraba a ocupar de nuevo Baja Navarra y culminar aquella segunda conquista iniciada dos años antes. La opinión que se extendía por España la resumía por las mismas fechas el obispo de Mondoñedo cuando decía que Navarra era “peligrosa de conquistar y trabajosa de gobernar”. Y a la luz de la información suministrada por los virreyes españoles, recelosos siempre de la lealtad de los navarros, la situación no cambiaría mucho en los años siguientes.

Los testimonios, pues, parecen dejar claro que la conquista se impuso por la fuerza a los deseos de la mayoría de los navarros y se mantuvo, al menos durante el medio siglo siguiente, gracias a un ejército de ocupación. Y esto parece ser tan cierto como que, con el paso del tiempo y de las generaciones, éstos terminarían por asimilarla y sus elites no solo encontrarían acomodo en su nueva situación, sino que conseguirían difuminar aquella derrota militar transformándola en una unión política entre iguales.

Cinco siglos después, quedan muchas otras cuestiones cuya respuesta demanda una sociedad navarra que quiere conocer y entender qué pasó de verdad en 1512. Y no se conseguirá darles respuesta con encuentros y congresos que, con sus exclusiones de ponentes y huida del debate, parecen haber sido diseñados para oír solo lo que se quiere oír y, sin duda, reflejan mejor la guerra de Navarra de 2012 que la de quinientos años atrás.

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