Víctor Moreno. Variaciones temáticas sobre la Javierada

Javierada

¿Javierada? Sí, gracias.

Dicen los estudiosos, que han profundizado en el cráneo o estructura óseo-mental del navarro, que el natural de esta tierra tiene algo especial en sus cisuras que lo hacen irrepetible dentro de la escala del homo erectus.

Algún etnógrafo ha advertido, y no voy a citarlo, no sea que le dediquen un monolito y se lo partan en la cabeza, que solamente a los navarros se les puede ocurrir y celebrar, por todo lo alto, una folclorada en la que se trata de ventear el nombre de un santo y, a su cobijo, avivar valores tan eternos como hipócritas del amor al prójimo, la solidaridad y toda la metafísica frailuna que el Obispo de turno tiene a bien despepitar desde la torre feudal de un castillo.

Lo que, seguramente, no sabrá ese etnógrafo, es que el navarro, como animal que tropieza las veces que haga falta en la misma piedra, repite en distintas ocasiones idéntica melopea nazarena: una, protagonizada por hombres; otra, por mujeres y, la tercera, la que llaman la javierada del dolor y de la promesa, donde una procesión de hombres tristes pegados a su úlcera recorren carreteras y caminos en ominosas condiciones para el bazo, la tibia y el colesterol.

El sociólogo foráneo se pregunta aturdido. “Y, ¿por qué van todavía los hombres a Javier?”. Y, aunque al sociólogo le gustaría que la respuesta no estuviese clara, para poder hacer sobre tal asunto una tesis doctoral, al final, tiene que avenirse a la contumaz evidencia. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, los navarros saben muy bien por qué encaminan sus pasos hacia el Castillo de Javier. ¿Por qué? Porque son navarros.

Y cuando un navarro afirma que hace una cosa por cuestión de genes,por muy burra o celestial que sea su hazaña, no hay que preguntarle más metafísicas explicativas. Pues su cerebro, por lo general, no está preparado para ir más allá de la ideología que le dicta el sustrato de sus cromosomas. De ahí procede el adagio foral: “un navarro que no ha hecho una javierada alguna vez en su vida, es un navarro a medias”. Y cuando se habla de genes y de cromosomas no considere el lector que le estamos hablando de biología, no. Son genes y cromosomas ideológicos. A fin de cuentas, la javierada que celebran estos peregrinos tiene su origen en el franquismo-fascista, puesto en marcha por la crema suprema del carlismo pamplonés, nada más terminarse la cruzada del obispo de Pamplona, Olaechea jauna.

También está el sociólogo fino que se pregunta: “¿por qué las mujeres navarras van a Javier?”. Y la respuesta no puede ser más sencilla: por lo mismo que los hombres. Por ser mujeres y navarras, desde luego. Pero, sobre todo, por solidaridad con la estupidez colectiva del hombre. Contrariamente a lo que se ha dicho, la mujer navarra ha sido siempre muy celosa por llegar a las mismas cimas de adocenamiento y de vulgaridad que los hombres. Ya decía Cervantes que la condición natural y propia de las mujeres navarras es enternecerse ante las tonterías del varón.

Por estos motivos, y muchos más que no nombro, especialmente los relativos al sexto mandamiento de la pelvis, me parece importante mantener las javieradas. Que todo un pueblo se resista a suprimir una superstición religiosa, más enmohecida que la hogaza de la Ultima Cena, no es acrisolada cabezonería inconsútil que se vea todos los días en Europa. Que todo un pueblo se resista a cortar de cuajo sus lazos democráticos con una procesión que tuvo su motivo original en la celebración la victoria sobre los rojos de la II República, no es, desde luego, estampa de santo que se vea fácilmente. Por mucho que duela, es una tradición inventada por el fascismo ganador de la guerra del 36.

Suprimir las javieradas sería un acto de inteligencia tan sublime que, hoy por hoy, no parece estar al alcance de la sustancia gris del navarro, y, menos aún, a la de las autoridades religiosas.

Estoy convencido de que más de uno creería en milagros si tal cosa sucediera. Por eso me conformo con que las Javieradas se sigan mimando como orquídeas de invernadero. Y digo que se cultiven, no para evidenciar la estupidez religiosa del navarro, que ésta ya se le supone y es patrimonio universal, como dijera Navarro Villoslada, sino, sobre todo, para que los estudiosos que lo deseen puedan analizar la reliquia de toda una colectividad que se resiste a abandonar una costumbre que les emparenta directamente con los hombres y mujeres del Paleolítico del nacionalcatolicismo de 1936.

Al fin y a cabo, las javieradas nacieron de la boina de un carlista metido a fascista, llamado Ignacio Baleztena.

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Europa y Javierada

Desde una perspectiva europeísta, que es ahora el copirrai de calidad con el que se juzga cualquier tipo de acontecimiento por muy anodino que éste sea, mi virtuosa hostilidad contra las javieradas no solamente ha entrado en crisis, sino que, incluso, no sé si estoy al borde del precipicio de una conversión y este año me veo haciendo el maula peripatético y chupo asfalto más que Michelin camino de Javier.

Porque, vamos a ver, las javieradas, tomadas así, en pelo cañón, ¿nos acercan o nos alejan más de Europa, que es, al fin y al cabo, lo que importa a los burukides y a los boinas derechuzos de la cosa? ¿Nos acercarán más a Europa o nos alejarán definitivamente del tren europeo que corre mucho más que el Ave?

Todo este “monólogo dubitativo” podrá parecer estúpido, y lo es, pero, ¿se ha reparado  en que Javier va en dirección contraria que Santiago, y éste, a decir de todos los crisóstomos del caminito ése, es más europeo que los tirantes de Barroso y las bolsas oculares de la presidenta del FMI? ¿No estarán contribuyendo las autoridades religiosas y laicas de Navarra a disminuir el fervor europeísta de los navarros? ¿Habrán reflexionado sobre este particular, no como Dios manda, que seguro que así lo habrán hecho, sino como lo reclaman de consuno los productos agropecuarios de la tierra? Porque a lo mejor consideran que al tratarse de una procesión la cosa nada tiene que ver con Europa, y, tal vez, estén en lo cierto más que nunca.

Seguro que algún comisario, de esos que andan de incógnito por Europa tomando informe y estadística hasta de las churras y merinas de nuestros valles y mejanas, ha de informar al Consejo Europeo que Navarra va en dirección contraria a Estrasburgo y presenta un vídeo de la procesión de Javier como prueba de que ni por el forro ha entrado en la modernidad ni en la posmodernidad ni en ná. Que Navarra sigue en efecto asombrando al mundo, pero, al bies. Que sigue celebrando tradiciones cuya acendrada esencia se mantiene incólume desde los días aciagos del 36.

A mí, estas cosas me preocupan sobremanera. Porque la idea de Europa me parece una, grande y libre… estafa. Así que yo, a ese comisario incógnito, le haría ver que, aunque, en efecto, la Javierada va en dirección contraria a Santiago, tiene suficientes argumentos a su favor para que se mantenga, tal y como, se viene chamullando.

La Javierada puede servir a Europa por muchas razones. Yo señalaría dos. Primera y más fundamental: la Comunidad Europea podría contar siempre que quisiera con una reserva autonómica de muchísimos kilates de historia a sus espaldas, donde todavía se sigue cultivando sin ningún tipo de complejo una de las más profundas y arraigadas supersticiones religiosas, nacidas en el huevo del fascismo. Parece detalle inane, pero, ¿imaginan el bien curricular que haría en los cerebros de los niños europeos un vídeo sobre la Javierada para que viesen cómo en pleno siglo XXI siguen vivas aún costumbres homologables con la coraza del Cid? Por el lado psicológico, ¿imaginan la cantidad de complejos y de miedos al ridículo que podría superar la infancia europea contemplando a gente adulta, hecha y derecha, haciéndolo sin importarles lo más mínimo?

Segunda razón. Hoy día Europa es un asco de (in)convivencia. Quieren aparentar que se llevan bien, pero la verdad es que todo el mundo anda a la greña entre sí. Pues bien, es bueno que Europa lo sepa, y que los parlamentarios europeos españoles y vascos tomen nota de la Javierada, porque, cuando, en sus retóricas intervenciones, no dispongan de ejemplos recurrentes de tolerancia y coexistencia pacífica entre las gentes, podrán poner a Navarra como ejemplo urbi et orbi de ello.

Podrán afirmar, sin que se les arrugue el bigote, que existe un lugar, de cuyo nombre se acuerdan pero que no viene al caso, donde se respeta a todo una anormal colectividad haciendo el kamikaze estúpido, y que, en lugar de apalearlos en plena cuneta, les dan posada, pan y vino y les curan hasta las ampollas de los pinreles.

Ya ven. Incluso, estas buena gentes de la izquierda, que se prestan a este jumelage, hasta parecen olvidar que el acto al que se prestan fue fundado por la derecha que envió a sus familiares a las cunetas en 1936.

En Europa, en cambio, la gente persigue y masacra a musulmanes porque creen en un Dios centrifugado por Alá. Y no reparan en que a muy pocos kilómetros de sus narices genocidas existe toda una sociedad que no solamente deja en paz a toda una cohorte de fanáticos religiosos, sino que, además, los tratan como a los espárragos, otorgándoles el label de navarro con denominación de aborigen. ¡Cuánto podrían aprender esos intransigentes europeos que apalean y matan comunidades musulmanes, visitando o viendo, sin más, una romería de navarros a Javier!

En fin, por estas dos razones y otras que vienen al caso, pero no al disgusto de quien pudiera oírlas, conviene seguir mimando la Javierada.

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Javierada a secas

Existen voces discrepantes que, inspiradas más por el sentido propio que por el sentido común, abogan por la desaparición de la Javierada, en cualquier modalidad: la machista, la marujona, la del dolor y la que se tercie. Argumentan estos anticlericales de nueva coña que la Javierada es un atentado contra el espíritu ecuménico, cosmopolita y universal que, ya desde Maastricht, recorre todas las cancillerías de Europa, excepto la de Bélgica…

Por otro lado, si desde el punto de vista político la Javierada evidencia un marcado acento provinciano y tribal, desde el lado religioso, el evento constituye un insulto al resto de las religiones que chamullan su credo en esta tierra. ¿Nunca ha pensado el arzobispo de Pamplona que la Javierada puede herir profundamente las sensibilidades de otras sectas religiosas, tan dignas ante Dios como la católica? ¿Acaso considera la iglesia navarra que Javier es sólo patrimonio incorrupto de la Iglesia Católica? Si es patrón de todos los navarros, como foralmente suele decirse, ¿para cuándo una peregrinación omniconfesional, donde hiervan todas las supersticiones religiosas que alegran de transcendentalismo inútil la jarana de esta tierra?

Para muchas personas dignas de crédito en sus respectivas casas, la Javierada es signo de la prepotencia católica, que, desde Trento, no ha dejado de refrotar por los bigotes teológicos a las demás religiones el who´s who en este valle de pacharanes y de espárragos silvestres. En lugar de convertir a Javier en la ceca y la meca de todos los credos, lo convierte en cisma. Y así, la Javierada, en lugar de unir a los hombres por la religión, los separa por la carretera.

Hasta aquí la estrategia intelectual de quienes, por política europea y cosmopolitismo religioso, se posicionan en contra de la Javierada. Sin embargo, existe una razón poderosa que, a mi modo de ver, invalida de cuajo los prejuicios anteriores y aconsejan el mantenimiento inamovible de la Javierada. La razón es ésta: la Javierada es un acontecimiento que revela mejor que una encíclica de Ratzinger la hipocresía ideológica de la Iglesia Católica. Y a ver si me explico.

Quienes atacan a la Iglesia, como institución y como falange curil, siempre se ven sorprendidos por la misma argumentación en contra: que sus críticas a la iglesia son más viejas que el taparrabos de Adán, o, sin irnos al neolítico, nacidas en el siglo XVIII en los contextículos de Voltaire y, por tanto, más pasadas de moda que los ángeles de Machín… Toda la argumentación eclesiástica contra la crítica anticlerical se reduce a utilizar el mismo secante metodológico: “Todo lo que decís, ateos y anticlericales, es viejo, antiguo, decadente y nada original”.

Y así será, si así lo dice la Iglesia, que de antigüedades nadie como ella para darles el certificado con denominación de origen. Pero, ¿qué decir de todas las ideas teológicas que mantiene la Iglesia desde que san Pedro obtuvo el título de arquitecto eclesial? ¿No pasan de moda? ¿Las ideas que mantiene la Iglesia acaso no son incorruptas como las tibias, los brazos y los encefalogramas de sus santos? ¿No están sometidas al mismo vaivén y deterioro hegeliano que el resto de las ideas de los demás mortales? ¿Por qué las ideas anticlericales son tachadas de antigualla cuando, en realidad, se enfrentan a enormidades teológicas nacidas en las brasas inquisitoriales de la Edad Media?

Para la Iglesia, aquello que la pone en solfa matarile, es falso, caduco y centenario. En cambio su liturgia y sus espectáculos, más rancios que una casulla de cuaresma, no. La Iglesia mantiene en vivo un espectáculo cuya tramoya y escenificación pertenece a la quinta del maestro Berceo. Y lo más grave: ni siquiera se adapta a la modernidad del sufrimiento actual.

Si en 1886 los navarros fueron a Javier por primera vez para dar gracias al santo por haber preservado a Navarra de la crueldad y saña con que la peste colérica de 1885 fustigó al resto del Estado, la iglesia, después de cien años de aquel peregrinaje, se niega a ver que, mutatis mutandis, aquella peste decimonónica bien podría llamarse de cualquier modo, crisis o sida. Pero, no. Al parecer, para ligar Sida con Javierada, sería necesario que algún obispo o papa muriese por dicha enfermedad. Y, entonces, santo al canto, como así ocurrió con el bueno del padre Damián, apóstol solidario de los leprosos.

El imperativo moral católico no preserva nada. Y está visto que Javier, para la iglesia, tampoco. Es de lamentar que, una vez más, la Javierada de este año desperdicie esta ocasión de oro ecuménico para unir tanto a católicos como a testigos de Jehová, protestantes como musulmanes…

Pues lo que no une Javier, lo une el dolor universal del sida. Un buen lema para la peregrinación de este año hubiese sido “A Javier con Eurocondon”.

Pero la Iglesia es mucha Iglesia, y nada preservona. Así que espero que la Javierada goce de buena salud hasta el próximo paleolítico. Pues nada como ella para desvelar la grasa con que se fabrican los sueños y delirios de cierta teología católica inmóvil…

Sobre el autor del artículo: Victor Moreno

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Author: Pamiela

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