Víctor Moreno. Subvenciones y cobardías literarias

Hace unos meses, el novelista F. Aramburu culpaba genéricamente a los escritores vascos de ser unos esclavos de la gleba ideológica de quien les da de comer. Obviamente, se trata de un pleonasmo. ¿Acaso no come él del pesebre de quienes comparten con él su perspectiva política e ideológica? Supongo que, viviendo en Berlín, no será tan ingenuo de pensar que si él defendiera en sus novelas a las víctimas propiciatorias del Estado, las editoriales Alfaguara, Tusquets, la Real Academia, la crítica oficialista, le iban a reír sus gracias novelescas. Por mucho y bien que escribiera, sería imposible que fuese portada de ningún periódico afín al españolismo, tan demócrata él, del Estado.
¿Cómo se coarta la libertad de un escritor?
Aramburu consideraba que los vascos no son libres porque, según él, han guardado cómplice silencio ante ETA, mecanismo de dejadez moral que les ha supuesto seguir comiendo del pesebre vasco.
Ignoro qué patente de corso posee Aramburu para repartir cédulas de identidad ética. Para sostener lo que dice, tendría que haberse leído todo lo que los escritores vascos han escrito durante estos diez últimos años. ¿Lo ha hecho Aramburu? ¡Qué, diantres, lo va a hacer estando en Berlin! Por poner un ejemplo, está claro que no leyó en su día aquel artículo titulado “La violencia no es cobijo” del año 2000, y firmado, entre otros, por Atxaga y Lertxundi.
Y, si han existido escritores vascos que compartían las tesis de ETA, ése habrá sido su particular e intransferible reconcomio. Ignoro qué comparte Aramburu con los actuales políticos del Estado de Derecho, pero seguro que dichas afinidades no le hacen ni mejor ni peor escritor.
Ser terrorista y escritor no es un oxímoron. Muchos no pueden aceptar esta realidad, pero es así. En realidad, nadie ha demostrado que el hecho plausible de guardar silencio ante ETA te hace mejor novelista. Del mismo modo que ser un degenerado o un carmelita descalzo, tampoco. El tema elegido no mejora la novela, sino el tratamiento literario, que se da a la masa verbal. Del mismo modo, tampoco está demostrado que recibir dinero del Banco Europeo mejora la adjetivación del escritor. Quinto Horacio Flaco, el gran poeta latino, recibió ayuda económica de Cayo Mecenas –de ahí lo de mecenas y mecenazgo-, y nadie, cuando leía sus poemas, consideraba si aquella protección augusta se reflejaba en el acento de sus versos.
La idea motriz que subyace en la infantil acusación de Aramburu es que quienes reciben ayudas de la “gobernancia vasca” es para que sellen la boca y no denuncien a los sedicentes vascos. Pero Aramburu no demuestra que ese supuesto silencio, repercuta necesariamente en la bondad o maldad literaria.
¿Qué es de lo que se trata cuando hablamos de literatura? ¿De la valentía y la cobardía de un escritor ante unos hechos políticos y sociales? La cobardía y la valentía no constituyen valencias literarias, sino resortes morales que nadie puede exigir bajo supuestas superioridades éticas.
Resulta sarcástico que se exija a los demás dicho imperativo categórico cuando se ha repetido hasta la saciedad que la instrumentalización de la literatura hace que ésta se devalúe hasta volverla irreconocible. Al parecer, defender ciertas causas transforma la literatura en algo maravilloso. Y otras defensas la convierten en algo denigrante.
Nadie es quién para decir a alguien qué es lo que tiene que escribir, ni a favor o en contra, en activa o aoristo griego. Quien así hablase demostraría un egocentrismo y paternalismo moral estomagante. Además, si tal dejación se considerase como cobardía, habría que añadir que se trata de un mecanismo psicológico, pero no literario.
¿Cómo medir la cantidad de cobardía o de valentía latente en cualquiera de las novelas que escriben los novelistas actuales? Según el diapasón moralizante, ¿cuántos escritores españoles de hoy son unos cobardes por no escribir novelas denunciando la denominada transición democrática, la novela contra los fondos reservados del Estado y la corrupción reinante?
Antonio Muñoz Molina aseguraba que la novela española, que escribían él y sus amigos, de gran arrojo moral y valentía ética, como es sabido, se consolidó gracias al Premio Planeta, ya que por los emolumentos recibidos, algunos escritores, él y cinco más, pudieron dedicarse a escribir sin preocuparse de fichar todos los días en la fábrica, en la mina, en el ayuntamiento, o en el paro. En ningún momento, Muñoz Molina consideró que los dineros recibidos del premio más corrupto de España invalidaban su literatura y la de todos los que doblaron el espinazo a los requerimientos de Lara father. Pero Muñoz Molina es un Grande de España porque, naturalmente, condenó ETA, e, incluso, dijo aquello tan evangélico y radical de “dejad que los vascos se maten entre sí”
Si se parte del a priori de que toda subvención o premio capa las cualidades protestonas del escritor, entonces habría que preguntarse qué sucede con las subvenciones y premios que reciben los escritores españoles. O me van a decir a mí que estas subvenciones y lisonjas se conceden por la gracia de Dios, sin contaminación alguna, sin contraprestación alguna.
¿Acaso cuando alguien escribe una novela sobre las víctimas de ETA, piensa que lo que está escribiendo está libre de cualquier imposición o censura? La censura no sólo procede del exterior. También anida en el interior de cada uno y produce tantos desvaríos como la censura tradicional del cura rijoso.
El mecanismo de escribir por miedo a ETA o por el afán de congraciarse con quienes tienen el poder económico o político, no es idéntico, desde luego, pero su funcionamiento participa de las mismas servidumbres interiores a las que, como escritor, uno tiene derecho, o no, a ejercer. ¿Libremente? A saber.

Publicado en Picotazos literarios | Deja un comentario

Víctor Moreno. Vida y obra del artista

Blanca_UrgellCuando los dioses dominaban la tierra, las relaciones entre bondad y belleza, estética y ética, formaban una Arcadia feliz. Y fueron los dioses quienes, según la mitología griega, hicieron añicos ese lugar ameno con el fin de complicar la vida de los seres humanos.
Fue Pandora, creada por los dioses, quien entró en escena para enturbiar las relaciones entre los seres humanos. Robó el corazón de Epimeteo, quien, desoyendo los consejos de su hermano Prometeo, aceptó el regalo de la famosa cajita. En cuanto la abrió, la mirada humana quedó turbada por las legañas de la confusión. No podía entender que Pandora, encarnación de la Belleza, pudiera esconder el Mal (no femenino, sino el Mal universal).
A muchas personas, que parecen suspirar por aquella etapa mitológica, les gustaría que la vida y la obra de un escritor discurrieran como figuras simétricas, sin fisuras de ninguna especie. Que entre ambas no se diese ninguna discontinuidad ni ruptura. Que una vida virtuosa produjera obras artísticas excelentes y, por el contrario, una vida de crápula sólo generase engendros éticos, y, por lo tanto, estéticos.
Hace unos días consejera de cultura del Gobierno vasco, Blanca Urgell, confesaba que le resultaba imposible separar la vida y la obra del autor. Una pena padecer tan lamentable insuficiencia mental. No es la única persona. A la mayoría de los obispos de la Conferencia Episcopal les pasa lo mismo. Son incapaces de entender que un ateo pueda llevar vida ejemplar. Del mismo modo, un escritor, que lleve existencia regalada y patibularia, además de prostibularia, es imposible pueda escribir obras dignas, ética y estéticamente hablando.
Si eres una persona mezquina, así será tu literatura. Si eres un desastrado, tu poesía jamás alcanzará las cotas sublimes de la poética de Gamoneda.
Y, ahora, que nos dejan los dioses, puntualicemos. ¿Cómo es la vida de un escritor famoso? Aceptemos que no tenemos ni la más remota idea aproximada. Nada sabemos de su vida virtuosa o de crápula integral que puedan llevar al unísono y ex aequo et bono.
Asociar la vida de un escritor con su obra es de las correspondencias más desternillantes. Se quiere ver en dicha relación un principio de causalidad que funciona como un resorte conductista, avalando que lo que uno escribe está en consonancia con las relaciones que mantienes con su perro y con el vecino de arriba, a quien si no asesina es porque el tipo no se lo merece.
Sería estético, ahora sí, que Blanca Urgell, que tan segura se muestra en sostener que es imposible separar la vida de infame que llevó el crápula Villon y su portentosa poética del ubi sunt de las nieves de antaño, estableciera de qué modo exacto y riguroso el sintagma del poeta o del narrador están determinados por el tipo de vida zarrapastrosa o evangélica que lleva alguien.
Hay gente que, perteneciente a la mitología anterior a Pandora, sigue pensando que un asesino o un terrorista con denominación de origen, no es que esté incapacitado para escribir obras maravillosas, que eso ya no lo discute ni la Urgell, sino que no pueda acceder a recibir un premio de una institución cuyas bases del premio, paradójicamente, no establecían en qué consistía llevar una vida decente y democrática aunque lo más cercano a dicho modelo de decencia moral debe de ser la vida de monja clarisa que suelen adoptar ciertos cargos de cultura autónoma.
¿Se puede plantear el asunto en su cruda realidad? Gracias. En consecuencia: ¿tienen derecho los asesinos en general, que, además, son escritores, a presentarse a un premio? Sin duda. ¿Y a ganarlo? Sólo lo impedirá su talento, no su pasado de pederasta o de defensor de la legitimidad de la violencia del Estado.
Si las convicciones que alguien pueda tener sobre la libertad, la responsabilidad, la democracia, el vicio y la virtud, afectan al sintagma, a la metáfora y a la frase hecha, habrá que demostrar dichas correspondencias en vivo y en directo. Si alguien que tiene el antiguo poder de los dioses de otorgar premios no quiere que sean dados a gente impresentable, porque uno los tiene por indeseables, debería advertirlo en las bases de dicho galardón: “Impresentables, absténganse”.
En realidad, la gente que antepone la moralidad al sintagma no debería figurar jamás en los jurados de cualquier premio. (y no me estoy refiriendo a los miembros del jurado que dictaminaron a favor de Sarrionandía y cuyo comportamiento en el “affaire” fue ejemplar) Me refiero a esos jurados que se resisten a aceptar que alguien, vicioso y mala sombra, pueda escribir mejor que san Antonio Muñoz Molina, lo que no resulta tan complicado. La gente que antepone la virtud a la belleza será, sin duda, tan virtuosa como Bono, pero se convierten, si es que ya no lo son por esencia, en tipos peligrosos para la vida y para la literatura, como fueron los inquisidores y los sotanosaurios que confeccionaron los Índices de Libros Prohibidos.
Tiene que encalabrinar mucho otorgar un premio a quien se considera en las antípodas del pensamiento y del modo en cómo hacer más justo y más demócrata esta mierda de mundo en que lo han convertido los neocapitalistas y liberales del mercado. Pero es muy probable, aunque, quizás, no lo sea tanto, que, quienes estén contra las ideas políticas y sociales de un escritor, comulguen, sin embargo, con sus criterios estéticos. ¿Cómo reaccionar ante el hecho de que a Mario Vargas Llosa, a quien no soportamos como ideólogo, le guste Flaubert, tanto como a nosotros?
Muy complicado de explicar, y, quizás, lo sea porque las convicciones ideológicas del ciudadano no coincidan con las del escritor. Y es que la ética y la estética, por mucho que quieran fusionarla algunos nostálgicos del mito, tienen una mecánica de funcionamiento distinta. La literatura se hace mayormente con palabras y no con obras de caridad. Y son las palabras las que hay que juzgar. No, si quien las firma es borracho, necrófilo o voyeur empedernido, como era Proust.
Así que, para posibles convocatorias, lo ideal sería que las bases establecieran claramente las exigencias para participar y ganar dicho premio. Es decir, además de escribir obras de claro contenido moral democrático, los escritores tendrán que enviar certificados de buena conducta, certificado timbrado de estar a bien con Hacienda y con la Justicia, y, por si acaso, un certificado de limpieza de sangre democrática expedido por Basagoiti.
Se evitarían así todo tipo de estériles confusiones, incluso las creadas por motivos zarrapastrosamente políticos.

Publicado en Picotazos literarios | Deja un comentario

Entrevista con Víctor Moreno

Victor Moreno- ¿De dónde surgió la idea de hacer un repaso a la mentira literaria española?

En realidad, yo no hablo en ningún momento de mentiras ni de verdades literarias, sean relativas a la literatura española, catalana, vasca o gallega. Sería tan pretencioso como inmoral hacerlo. Pues no tengo ni idea en qué consiste la verdad o la mentira literaria. Para mí la literatura, como concepto geométrico-espacial, no ocupa ningún lugar, es el No lugar. De ahí que en ella quepa de todo, y es uno, el lector, quien debe autodeterminarse acerca de su verdad o su mentira. Lo que no acepto es que venga alguien y sostenga, encima sin argumentos de peso, que éste o aquel escritor son La literatura.
Si verdad es lo que uno tiene como verdadero, lo único que yo he hecho es pasar por el cedazo de la crítica, algunos la califican como mordaz, lo que dicen escritores y críticos, no sólo sobre literatura, sino, también, sobre aspectos colaterales, como diría la jerga militar obtusa, de la vida.
El discurso que aparece en ciertos críticos forma parte de la construcción de una mirada literaria interesada y sujeta a unos criterios tan poco solventes como poco discutidos. Pero, quizás, no lo sé, es posible que la crítica literaria no haya evolucionado porque la literatura española sigue estando donde la dejaron los escritores sénior de los 50. Porque es muy probable que tengamos la crítica que nos merezcamos en función de los escritores existentes.
Las novelas actuales repiten una y otra vez los mismos esquemas narrativos que estaban en el realismo y no exigen una crítica literaria audaz y creativa. Parecen incompatibles entre sí. En mi opinión, tanto el pensamiento literario como el pensamiento crítico están en horas muy bajas. Un escritor que rompiera drásticamente con los mecanismos narrativos utilizados hoy día sería un escritor incomprendido. Y los primeros en no comprenderlo serían los propios críticos. Prueba de ello es que estos críticos siguen celebrando la aparición de una novela de Pérez Reverte o de Marías como si se tratase de una nueva Ilíada. Y lo cierto es que ambos escritores son atosigante repetición.

¿Has tenido algún problema después de la publicación de este libro?
La gente que pertenece al stablishment literario es mucho más lista que todo eso. La mejor coartada contra alguien que anuncia su desnudez es silenciarlo, que es lo que se ha hecho con Fuera de lugar, y con mi anterior publicación De brumas y de veras. Claro que siempre hay bocazas que te asocian con una banda de malhechores y pendencieros, incluso terroristas, como hizo el extinto Conte, para quitarse de encima el citado De brumas y de veras.
La única consecuencia que he padecido es que no se hable de mis libros en ninguno de los suplementos literarios. Pero eso es lógico y justo que así fuera. A la mayoría de los críticos de esos suplementos les he negado el carné de críticos y que estuvieran haciendo algo por la literatura. A lo sumo, lo hacían por el mercado editorial. Cuesta entender que sujetos como Juristo, Ayala-Dip, y otros que ahora no nombro, sigan en los periódicos destrozando, no sólo los libros que comentan, sino mostrando cada día que pasa una prosa más que desalmada, artrítica. Son críticos a los que los libros maravillosos que leen no parece que les ayude a escribir mejor.

¿Practicaste la autocensura, te censuraron alguna parte los editores?
Uno de mis defectos es decir de forma clara y directa lo que pienso y poniendo siempre encima de la mesa los nombres y los apellidos, cuyas ideas y tópicos pongo a horcajadas de asno. Ya sé que es el mejor método para no tener amigos. Tampoco importa gran cosa. Los amigos para lo que sirven es para hacerte una necrológica falsa cuando te mueres. Mientras vives, a los amigos sólo les interesa su propio ego y su cartera. En este sentido, resulta patético leer las últimas necrológicas dedicadas al bueno de Félix Romeo. Leyéndolas parece que hubiéramos asistido al óbito de la Inteligencia, representada por el más sabio de los sietes sabios de Grecia y Roma juntas. Romeo, como tantos críticos y como la mayoría de los que deambulamos por este mundo, no aportó absolutamente nada a la literatura. Ni como crítico ni como autor. Se limitó a vivir con pasión lo que más le gustaba. Como otros hacen con el mus o con la televisión. Lamentablemente, nadie se acordará de él. ¿Alguien se acuerda ya de Gómez de la Serna, de Umbral, de Conte, de Vázquez Montalbán? Ubi sunt?
En cuanto a la autocensura, sólo la cultivo en un sentido muy estricto: jamás me meto, ni me meteré con el aspecto físico de nadie. A mí sólo me interesa el comercio de las ideas. Y ni que decir tiene que si un editor considera que debo censurar un libro mío hasta hacerlo irreconocible, la respuesta será una espantada por mi parte.
Al hilo de estas consideraciones, debo decir que sí me han censurado artículos solicitados para algunas revisas especializadas, tanto que los editores terminaron por no publicarlos. ¿La causa? Alegaron el tono de mis textos, pero, en realidad, lo que les molestaba era lo que decía en ellos. Que a estas alturas se moleste alguien por la forma en que escribes –donde no injurias ni vilipendias la persona de nadie, sino sus ideas o sus estereotipos-, es para troncharse de risa. Un lenguaje censurado, sea el que sea, siempre terminará siendo un pensamiento trunco.

- ¿Has podido entrevistar o hablar con algunos de los escritores que aparecen en el libro? Si es así, ¿qué has conseguido con el intercambio?
No llevo vida social de ningún tipo. Y, menos aún, vida literaria, lo que me parece una sublime estupidez. Vivo en un pueblo de muy pocos habitantes y no mantengo intercambio alguno con ningún escritor. Ni siquiera por email. Nada. Eso no quita para que haya conocido en vivo y en directo a bastantes escritores de los que aparecen en el libro. Cuando publiqué el primer libro de esta serie, De brumas y de veras, la editorial recibió varias felicitaciones de algunos escritores. A mí, personalmente, no me escribió ni el lucero del alba. Fue el escritor Carlos Pujol el único que se atrevió a publicar una reseña en defensa de ese libro. En cuanto al otro libro, Fuera de lugar, el único que ha tenido agallas para hacer su reseña ha sido Gregorio Morán, también en “La Vanguardia”. Lo calificó como el mejor libro del año, como si fuera un buen vino de crianza. La crítica de Gregorio Morán me agradó mucho. Tengo que añadir que no lo conozco personalmente aunque haya leído varios de sus libros.
El intercambio con escritores a quienes has puesto a morir sería un intercambio dialéctico digno de verse. Pero rara vez se puede contemplar semejante espectáculo. En este país, quienes hacen crítica en los periódicos son amigos de la mayoría de los escritores. De este modo, no es de extrañar que estén todo el día dándose jabones y colonias. Hay casos un tanto patéticos, como el caso de Pérez Reverte. El hombre habrá terminado por creerse que es hijo putativo de Cervantes o, por lo menos, de Dumas. El desmesurado elogio que le han prodigado habrá terminado por cerrar el círculo en que Pérez Reverte se mueve, ahogándose en sus propias babas. Seguro que ha olvidado que la mejor manera de parar la evolución de un escritor es decirle que es una emanación de Cervantes. De este modo, Pérez Reverte no escribirá jamás una obra genial. En parte, la crítica se lo habrá impedido.

- ¿Cómo se puede luchar contra estos poderes fácticos que rodean el mundo editorial?

Los poderes fácticos o perifrásticos tienen nombres de empresas, de editoriales y de periódicos concretos. Pero acusar al mercado de todo lo que pasa en este ambiente es dar palos de ciego y de tullido. El Mercado produce todo lo bueno y lo malo que existe. Es un Saturno que devora hasta a sus mejores hijos. El dinero es la única literatura grande y verdadera que conoce. Así que, ¿cómo luchar contra este mastodonte en cuyas tripas quieren entrar, paradójicamente, la mayoría de los escritores emergentes?
Entiendo que una manera posible de detener esta pantomima consistiría en formar literariamente a los futuros lectores, tanto en las escuelas como en los institutos y en la universidad.
Mientras el sistema educativo no asuma dicha formación como un objetivo de higiene y profilaxis crítica y creativa, el ciclo se repetirá clónicamente: escritores mediocres, infumables, malos con solemnidad, seguirán apareciendo en las páginas de los periódicos como si fuesen los reyes del mambo sintagmático.
Una persona sin formación literaria, intertextual, es imposible que pueda leer a los escritores que han hecho de lo literario la razón y fundamento de su literatura. Si la gente acepta esta situación bestselleriana intrínseca de la literatura, no es por casualidad. Es el resultado de una deficiente formación literaria. Y más que deficiente, inexistente.

- ¿Qué autores españoles e internacionales aprecias? ¿Por qué?
Soy poco dado a este tipo de efusiones líricas y sentimentales. En parte porque nunca he considerado a ningún escritor, sea español o congoleño, necesario e imprescindible para nada. En mi mapa literario, lo más selvático que uno pueda imaginarse, no entran escritores necesarios ni imprescindibles. Porque ninguno lo es. Se puede prescindir de cualquiera y el mundo personal seguiría igual de rutinario y de maravilloso. Sí, existen frases grandilocuentes del tipo “la lectura de Mann me cambió la vida y la mirada”. Estupendo. A otros, en cambio, les descubrió un modo de aburrimiento fantástico. Leen a Mann cuando les falla el valium en la mesilla de noche.
Lo que no quiere decir que mi relación con los libros, que he leído, me hayan gustado unos más que otros, pero ningún escritor me ha gustado con la totalidad de sus libros. En particular, puedo asegurar que, en la mayoría de los casos, leído uno de sus libros, leídos todos. Con una excepción sobresaliente: Georges Perec. Es el único escritor de los que he leído que siempre me ha parecido distinto en cada una de sus creaciones. Pero el resto, los Muñoz Molina, Millás, Marías, Montero, Grandes, son más repetitivos que los índices de las Bolsas en épocas de crisis.

- ¿Nos recomiendas algún libro extraño, extraño, extraño? ¿Y otro que te cambiase la concepción de la literatura?

De los libros “extraños” que he leído recuerdo Impresiones de África, de Raymond Roussell, La vida instrucciones de uso, de Perec, Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado, de James Hoggs, Champavert. Cuentos inmorales, de Petrus Borel, Larva, de Julián Ríos, los libros de Jardiel Poncela y de Cristóbal Serra, y alguno de Gómez de la Serna, cuya originalidad no he visto superada por ninguno de los autores que se prodigan tanto en periódicos y revistas del carajo decir.
Lo que ya es más difícil es encontrar libros que cambiasen mi concepción de la literatura, porque ni siquiera estoy seguro de haber tenido jamás una concepción de la literatura; de literatura, ni de nada.
Yo pienso sobre la marcha. No tengo ideas preconcebidas o precocinadas. Me gusta pensar sobre lo que pasa y lo que leo en clave de presente. Es mi particular carpe diem. Sí, es cierto que he tenido experiencias que me hicieron pensar si lo que leía era literatura o un prospecto de cómo fabricar hormigón.
Me pasó con la novela de Juan Benet, Volverás a Región. Empecé a leerla cuando tenía dieciséis años. Leídas las primeras veinte líneas le pregunté a la bibliotecaria si aquel libro era una novela o un tratado de geología. La bibliotecaria me respondió que si el libro estaba en la estantería de las novelas, sería porque era una novela. Me costó dos esguinces cerebrales leerla, pero nunca me arrepentí de hacerlo. Aquella novela no se parecía en nada a lo que había leído hasta entonces: A. Christie, Salgari, Karl May, C. Doyle, Stevenson, Richmal Crompton, Baroja, W. Scott… No sólo conocí una forma distinta de escribir, sino, también, una manera distinta de proporcionarme un aburrimiento oceánico. Hasta ese momento, yo pensaba que la literatura era incompatible con el aburrimiento. Toda la vida he estado agradecido a Benet por este finísimo descubrimiento.
Distinta impresión literaria experimenté leyendo Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, novela donde descubrí mecanismos narrativos desconocidos y algo que me gustó mucho: la ironía y la mordacidad. Y, finalmente, tendría que citar la novela española más transgresora de todos los tiempos después de El Quijote, Larva, de Julián Ríos.
A lo que cabría añadir que ninguna de estas novelas influyeron para nada en mi manera de escribir; ni en las novelas que tengo guardadas en un cajón. Pero siempre es saludable considerar que desde muy joven entendí que la literatura era un espacio donde cabía de todo que tuviera relación con la inteligencia creadora de una persona. Incluso, Corín Tellado y Marcial Lafuente Estefanía y, por supuesto, mi adorado Zane Grey.
¿Qué concepción literaria puedo tener alguien a quien le encantan libros de naturaleza tan variada y distinta como la que puedan representar Cervantes, Danilo Kiss, Freud, Borges, Savinio, Proust, Flaubert, Stevenson, Ribeyro, Chandler, Calvino, Perec, Homero, Joyce, Kafka, O´Henry, Bierce, Thurber, etcétera? Ninguna. Lo que no quiere decir que me chupe el introito a la hora de juzgar las obras que leo.

Qué conclusiones, que no aparecen en el libro, te gustaría manifestar?
Ninguna. Las conclusiones huelen a habitación cerrada. Lo que está concluso está muerto. En este sentido, no hay epílogo que valga. Sólo el que quiera ponerle el lector.

Publicado en Picotazos literarios | Etiquetado | Deja un comentario

Víctor Moreno. El “hijoputismo” ya está aquí

hijoputa

El hombre es locuaz por naturaleza e hijoputa por cultura. La distinción parece ofensiva para el género humano y sus instituciones educativas, pero no lo es. Todo lo contrario. Nadie nace hijoputa. Conseguirlo es fruto a partes iguales de algunas instituciones meritorias y de la voluntad de ciertos individuos.

Repárese en que escribo hijoputa y no hijo de puta. Como sugiero, lo primero es título de bajeza, ganado a pulso a lo largo de una vida. Lo segundo, qué les voy a contar que no sepan. Hijos de puta, por haberlos los hay en las mejores familias cristianas, pero son de estirpe natural, con denominación de origen, y con ellos no va la presente copla.

Quizás, muchos consideren que obtener el graduado de hijoputa es fácil, pero no lo crean. Tampoco piensen que lo digo por experiencia, que cabría, pero no cabe. No. La verdad es que la simple querencia no basta.

Llegar a serlo en política no está al alcance de cualquiera. Yo nunca pensé que Peces Barba alcanzara semejante cima de desarrollo intelectual y moral, más o menos decrépito. Pero lo ha logrado. Tardá dixit. A su edad. ¡Quién fuera a decirlo! El hombre lo buscó unas cuantas veces, pero hasta que no se metió contra los catalanes, no consiguió semejante titulación. Parece como si los catalanes, también los vascos, tuvieran un mecanismo especial para descubrir gente hijoputa en política. Es curioso. Basta con que un político farfulle sobre los vascos y catalanes que quieren ser solo vascos y catalanes, para conocer en qué nivel de hijoputismo se encuentra su desarrollo meníngeo.

El fenómeno no se ha estudiado todavía como forma natural de afrontar la problemática que implica la presencia de los otros, sobre todo si estos otros son “hunos”, es decir, pobres o unos desgraciados, o, valga el pleonasmo, nacionalistas radicales. Hay teóricos que se la cogen con papel de celofán y, en lugar de llamar a esta corrupción del discurso como hijoputismo radical, se enredan diciendo que la clase política se ha inventado una neolengua, que reduce “el polifacetismo y la complejidad del mundo a una jerga tecnocrática y opaca”. Para nada. Lo que hay lisa y llanamente es una impunidad verbal, que roza la sinvergüencería más abyecta.

Ignoro a cuántos jornaleros y aceituneros andaluces conoce Durán i Lleida, pero asegurar que “los agricultores andaluces reciben un PER para pasar toda la jornada en el bar del pueblo”, es, además, de ser una hipérbole insensata, un reflejo del estado de chulería verbal más o menos permanente en que este político impoluto se encuentra.

El hombre parece entender también de homosexualidad, pues salió en defensa de aquellos psiquiatras que se “ofrecían a curar homosexuales modificando su orientación sexual con fármacos o terapias reconductuales”. ¡Terapias reconductuales! Menudo eufemismo cabrón. Después de afirmar que “la homosexualidad no es una enfermedad”, Durán i Lleida sugirió que “la homosexualidad se puede curar”. Luego si se puede curar, será porque la considera una enfermedad, y seguro que bíblica, ¿no?

Para no ser menos, su jefe de filas y presidente de la Generalitat, Artur Mas, tampoco le va a la zaga. En un debate aseguró: “Estos niños sacrificados bajo el durísimo yugo de la inmersión lingüística en catalán sacan las mismas notas de castellano que los de Salamanca, de Valladolid, de Burgos y de Soria; y no le hablo ya de Sevilla, de Málaga, de Coruña, etcétera, porque allí hablan el castellano, efectivamente, pero a veces a algunos no se les entiende”. Mucho mejor haría Mas en cultivar su irrisorio sarcasmo riéndose de su castellano, que será muy articulado y ortopédico, pero lleno de anacolutos y solecismos.

Estas afrentas verbales no son exclusivas ni excluyentes de la derecha ni de la izquierda, aunque haya quienes, como el novelista Marías, consideren que es verruga típica y estructural de la derecha. Es verdad que superar las manifestaciones agropecuarias de Esteban González Pons es tarea complicada. El tipo es tan bueno diciéndolas que parece que su tara fuera de nacimiento. Afirmar que “no hay ningún español tan idiota que quiera la continuidad de lo que nos ha dado el PSOE durante este tiempo”, es una frase espléndida para encorajinar a quienes llevan toda la vida votando a los del rosal, tanto que han tardado bien poco en rasgarse la camiseta.

Pero los socialistas, algunos por lo menos, son los menos indicados para poner en su ciénaga correspondiente a G. Pons. Hace bien poco, Pedro Castro, socialista, y presidente de la federación de municipios, decía que “tonto de los cojones el que vota a la derecha”. Y Juan Barranco, candidato del PSOE en la comunidad de Madrid, sostenía sin que pusiera sus barbas a remojar que “no hay nada más tonto que un trabajador de derechas”.

Puestas así las cosas, parece claro que tanto monta el galgo de derechas, que el podenco socialista. Así que me preguntaría qué es lo que hemos hecho para sufrir tales signos de barbarie verbal. Cómo es posible que esta plaga de inmoralidad verbal se haya podido instalar con tanto cinismo en el mundo de la política en general y de la comunicación en particular.

Hay quien culpa al zapaterismo como causa inmediata de esta perturbada polarización entre los políticos. Ojalá lo fuera. Pero me temo que el origen de dicha enfermedad no parece que sea coyuntural. De hecho, sabiéndose por activa y por pasiva que Zapatero ha comprado los billetes para viajar a Babia definitivamente, el mal sigue habitando entre nosotros.

Así que alguien tendrá que estudiar con profundidad esta plaga infecta de políticos que han sustituido el razonamiento y la reflexión por el insulto y la injuria. Y ya es sabido que se empieza llamando a alguien judío, rojo y maricón, y se termina socarrándole el duodeno.

Con toda probabilidad este mal de la lengua que padecemos se corresponda con otro mal más pernicioso, el de la ética. Al uso corrupto del lenguaje casi siempre se le corresponde una corrupción de la voluntad y del comportamiento. Raro será el sujeto, sobre todo si es hijoputa, que, insultando del modo en que lo hace, no sea también, de hecho, un tipo sin escrúpulos morales a la hora de vestir trajes.

La lengua, no sólo desvela nuestro conocimiento de las palabras más insultantes del diccionario, sino, sobre todo, nuestro talante inmoral cuando las usamos de forma impune. No somos el lenguaje que hablamos, pero algunos casi.

Publicado en Ilustres prendas | Etiquetado , , | Deja un comentario

Víctor Moreno. Listos

listos¿Cómo es posible que a personas tan inteligentes y tan sabias, que son capaces de señalar con una exactitud asombrosa dónde radica el mal económico y laboral de toda una sociedad, y hasta del mundo entero, y de indicar, con más nitidez todavía, la manera de evitarlo, no se les haga ni puñetero caso?

¿Por qué no nombrarlos ipso facto alcaldes de ciudad y presidentes de gobiernos autonómicos o lo que sea?

¿Cómo es posible que, dada su gravedad intelectual y el variado repertorio que poseen para solucionar todos los problemas del mundo, las instituciones públicas permiten que su inmenso talento agonice lánguidamente en una tertulia de mala muerte?

Porque hay que ver y doblegar la cerviz ante la finura intelectual de quienes aparecen en tertulias en la radio y en la televisión cuando pontifican acerca de todos y cada uno de los problemas que asolan al cosmos y al big-bang de la economía mundial.

Cada vez que abren su pico y dejan caer el queso de su dialéctica en tertulias y artículos de periódicos, la luz de gas habita entre nosotros y el único malo en este mundo es el gobierno y su corifeo mayor..

Capaces de plasmar en una frase aquel mágico sistema que resolvería en un pestañeo la peste del paro, son, sin embargo, consumados inútiles en el arte de renunciar a la mesada de una de sus mil tertulias para que la ocupe un periodista en paro.

Tan habilidosos montando un idílico discurso sobre la solidaridad con cualquier país africano en proceso de extinción, y que nadie les ha pedido, como incapaces de abandonar la vida regalada que llevan y acudir precisamente allí donde habita el dolor de verdad, y comerse, de una puñetera vez, el trigo que venden para los demás.

Modernos Crisóstomos de pacotilla, picos de oro de la radio, de la televisión y de la prensa, que nos refrotáis por los bigotes, cada día que pasa, las mil y una maneras de solucionar los problemas cotidianos del sobrevivir, ¿por qué no os aplicáis todo eso que pregonáis a vuestras propias existencias?

O dicho de otro modo menos retórico: ¿por qué no os vais todos juntos a plantar dunas al desierto o montáis un negocio de herraduras para camellos junto a las pirámides de Keops?

Nos haríais un favor a todos, y, muy especialmente, a vosotros mismos. Demostraría que aún hay en vuestras molleras un resquicio de sentido común y de inteligencia.

Mientras tanto, parecéis calcomanías aburridas de Dios, es decir, ilusos majaderos que os creéis capaces de entenderlo todo, de explicarlo todo y de poner a todo el mundo en su sitio, menos a vosotros mismos.

¡Listos, que sois unos listos…!

Publicado en Ilustres prendas | Etiquetado | Deja un comentario