Medalla de oro de Navarra

Por lo que ha transcendido, la decisión del Gobierno de Navarra de entregar la Medalla de Oro de Navarra a Campión, Altadill y Olóriz, ha sido, según su portavoz, “por ser los creadores de la actual bandera de Navarra”, de cuyo diseño son autores.

El origen de este estandarte es bien conocido. Repasémoslo. El 22 de enero de 1910, la Diputación, tras consultar a estos eruditos locales sobre un posible diseño de bandera, que regularizase su uso, acordaría en sesión del día 15 de julio de 1910 su confección junto con el escudo, que pintará Ciga (Diario de Navarra, 15.7.1910). Dicho pendón se izó en el balcón de la Diputación, el día 16 de julio de 1912, fecha conmemorativa del VII aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa.

Escudo_de_Navarra_(oficial).svgAunque la pregunta sorprenda, conviene hacerla. ¿Es, realmente, la bandera actual de Navarra la que diseñaron Campión y compañía? Muchas personas no estarían de acuerdo con una respuesta afirmativa, sobre todo si se repara en las adherencias políticas e ideológicas que, desde entonces hasta hoy, han impregnado dicha bandera, pero no solo

Como se ha dicho, en 1912, se conmemoró en España el VII aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa. La Diputación Foral y Provincial decidió auspiciar un certamen científico y literario para solemnizarlo. El premio destinado en la modalidad de ensayo sobre dicha batalla, el jurado lo dejó desierto, toda vez que el mejor trabajo presentado cuestionaba precisamente la tesis de quienes habían diseñado la bandera de Navarra, y que había adoptado la Diputación. Menudo atrevimiento.

huiciEl arabista Ambrosio Huici (Huarte, 1880) desmontaba en su trabajo el mito creado sobre la cuasi milagrosa participación del monarca navarro, utilizada políticamente como una gesta española frente al “moro”. Huici probaba que el ya entrado en años Sancho VII acudió el último a las Navas de Tolosa con 200 caballeros (amenaza de excomunión mediante), por lo que el papel de los navarros, al margen del desarrollado por el rey, fue escasamente relevante. Para la oficialidad navarra, la osadía de Huici rayaba en lo intolerable al derruir el mito de las cadenas de Navarra, supuestamente arrancadas por el aguerrido monarca navarro en asalto a la tienda del sultán “Miramamolín”.

9788476817001El de Huarte demostró en su estudio, llevado a cabo sobre el terreno, que Sancho VII nunca utilizó tales cadenas metálicas, cosa evidente al observar la simbología de la época.

A pesar de ello, y dado que el mito creció con el paso del tiempo, el triunvirato citado estampó en el escudo las supuestas cadenas metálicas, sustituyendo así el carbunclo original del escudo de Navarra, tal y como existía desde Teobaldo II y queda representado en el Libro de Armería del Reino de Navarra.

El 28 de abril de 1931, el gobierno de la II República dejaría dicha bandera tal cual, cambiando solo su corona por almenas.

1931--1

En 1937, la Diputación golpista añadiría la Laureada impuesta por Franco.

Laureada-DiputacionDurante casi más de cincuenta años, el mito de las cadenas metálicas siguió tan campante, sustentado y aupado por el franquismo, presentándolo como ejemplo de una efeméride plenamente española contra el moro (véase las pinturas del fascista Stolz en la cúpula de los Caídos).

Finalmente, hay que recalcar que el nuevo diseño franquista del escudo rompería el equilibrio característico del original carbunclo navarro, introduciendo en sus extremos unas argollas o aros que cobran tanta relevancia como el centro.

Seguro que muchos considerarán que estamos ante un asunto banal, de poca monta, sin importancia. Sin embargo, pormenorizar el recorrido de esta bandera y su intrahistoria lo que hace es constatar la pervivencia de un soterrado franquismo que sigue latiendo en la política navarra. Considérese que, hasta bien entrado el siglo XXI, seguían en pie la mayor parte de los símbolos golpistas en toda Navarra. Y, de hecho, ahí sigue amenazante el más monumental del Estado, tras el del Valle de los Caídos. Sin olvidar que la Laureada fue rechazada definitivamente por el Parlamento ¡en diciembre de 2012!, con la abstención de UPN y la oposición del PP. Rechazo que no se había dado en 1981, sino una simple abstención de su uso, tras la persistente defensa de los herederos del franquismo.

ArturoCampiónEn cuanto a la figura de Campión, su recepción es todavía más peliaguda en muchos sectores. Se le ha calificado de xenófobo y racista. Algunos, para limar sus asperezas ideológicas, han echado mano del manirroto salvoconducto habitual diciendo que “fue producto de su época” y, sobre todo, un valedor del euskera. ¡Qué sería de nosotros sin el piadoso contexto siempre esgrimido como atenuante de nuestra incompetencia! ¡Como si en la época de Campión solo hubieran existido racistas, xenófobos y eugenistas!

Dejemos de lado nuestra opinión, y leamos la de quienes lo conocieron en su tiempo. El retrato del periódico carlista-integrista de Nocedal sería inclemente: “Don Arturo Campión fue republicano e impío en un tiempo, demócrata y progresista al día siguiente, euskaro separatista un rato, euskaro indefinido luego, dando a la vez pasos hacia el integrismo, integrista para ser diputado y diputado para traicionar a los integristas, despreciado de los liberales, molesto a los carlistas, sospechoso a los integristas y repudiado por los euskaros” (La Tradición Navarra, 14.2.1904). Dicho de un modo sintético, Campión fue un tránsfuga político. Por su parte, El Demócrata Navarro, de inspiración canalejista, lo describiría en 1910 como “aquel señor que paseaba en tiempo por las calles de Pamplona tocado por gorro frigio y ahora se ha puesto el solideo, que, en ocasiones, se parece al de una boina” (21.9.1910).

Campión era de los católicos que mantenían ideas tan caritativas que los fascistas-golpistas no tardarían aplicar a partir de 1936: “El blasfemo debe ser perseguido sin piedad, como un perro rabioso. Las leyes débiles e impotentes sean reemplazadas por las costumbres fuertes y poderosas. Ciérrense todas las puertas al blasfemo; que lo echen sus patrones de los talleres si es obrero; que se encuentre separado, en una palabra, de trato y de comunicación con las personas bien nacidas”.

Respecto a Euskalherría, sus ideas serían las mismas que las del director de Diario de Navarra, Garcilaso. Lo mismo cabría decir con relación al euskera. Garcilaso sería un clon de don Arturo, tanto que lo llamaría “el Maestro” y “el Redentor”, laureles que, viniendo del mayor fascista que ha habido en Navarra, no son ningún consuelo. CAMPION

Pero es evidente que la medalla se la han otorgado a título póstumo por haber diseñado la bandera de Navarra, y no, por ser un representante cualificado del integrismo político-religioso y defensor del euskera, entendido este como ingrediente básico de la nacionalidad.

En fin. Más allá del debate planteado entre partidarios y detractores, parece lógico que, si la medalla se les otorga a Campión, Altadill y Oloriz por diseñar la bandera de Navarra en 1910 –que se afirma, equivocadamente, ser la actual–, se recuperase, al menos, el escudo que sí diseñaron los tres con la colaboración de Ciga, y se arrinconase definitivamente el “rediseño franquista” de las cadenas metálicas.

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CON LA PATRIA HEMOS TOPADO

 

“Dulchoracioe et decorum est pro patria mori” (dulce y honorable es morir por la patria), escribió Horacio en una de sus Odas. Este era un verso que los profesores de bachillerato de antaño nos mandaban traducir en las clases de latín. Los versos que completaban la estrofa no solían entrar en el capítulo de la traducción. Eran los siguientes: “mors et fugacem persequitur virum/ nec parcit imbellis iuventae/ poplitibus timidove tergo”, que traducidos quedarían así: “la muerte persigue al hombre que huye; no perdona de una juventud cobarde, ni las rodillas, ni la temerosa espalda”.

El poeta Owen hablaría de la vieja mentira de ese primer verso horaciano, pues la mili ni era ni dulce, ni honorable, sino una barbaridad. Morir por la patria era una mierda. Como la muerte, que no es hermosa, ni nunca lo será.

En estos tiempos convulsos, la patria ha vuelto y todo el mundo sabe cómo ha sido. Aunque no se trata de darlo todo por ella, para eso ya está la Guardia Civil, la verdad es que acojona el discurso neo-falangista que sobre dicho concepto pretenden imponer sus nuevos propietarios. Porque la Patria tiene dueños, tanto que ya no se sabe si uno vive en una Nación, en un Estado, en un Estado de Derecho, en una Patria o en un panóptico carcelario, donde cualquier gesto, cualquier palabra, cualquier movimiento intencional, puede ser catalogado como delito.

La patria, en efecto, ha vuelto. Y de qué modo. Se trata de una patria que da miedo y, si no lo da, lo produce la defensa que hacen de ella los que se consideran sus legales y legitimados amos. La patria ya no radica en la libre soberanía popular, sino en la ley que impone el poder político coyuntural por vía todo por la patria...menos el dinerocojonaria constitucional. Basta con fijarse en el espectáculo que antes, durante y después del 1-0 ha interpretado la clase política defensora de su patria y, a su cercén, la gente de la calle, para percibir que se trata de una patria de chichinabo, envuelta en una retórica de detritus, llena de tópicos y estereotipos que utilizaban los vates decimonónicos para escribir sus ripios en los certámenes de los juegos florales de esa época.

En 1893, Germán Gamazo consiguió que los navarros salieran a la calle para defender los fueros y el ministro fuese considerado un regalo de la Providencia por los aborígenes de la provincia. En 2017, Puigdemont, no sabemos si enviado también por la Providencia o por el Diablo, ha conseguido que los chinos hicieran el octubre con las banderas españolas, mediante las cuales la gente “patriotesca”, a falta de otra argamasa mental, ha manifestado dónde empieza y termina su sentido rabicorto de la patria.

Hay que reconocerlo. La gran triunfadora de este rifirrafe ha sido la bandera roja y gualda. Su contacto viral ha generado tal efervescencia molecular en el sistema linfático de ciertas gentes que, por poner un ejemplo, en la plaza de toros de Zaragoza, durante las fiestas del Pilar, los jóvenes toreaban las vaquillas utilizando dicho atavío. Nunca se había visto hasta la fecha uso tan insólito del más excelso símbolo de la Patria. ¿Sabían estos jóvhispanidadLenes lo que realmente estaban haciendo? La bandera española elevada a la misma categoría que la de un capote de maletilla. No solo. Pisoteada, babeada y desjarretada por una vaquilla paranaoica. Inexplicable que la autoridad competente no hubiese encausado a estos malandrines por utilizar dicho símbolo para un fin tan rastrero como el de torear un cabestro.

¡A dónde vamos a llegar!

Al parecer, el eslogan “todo por la patria” de la Guardia Civil ha alcanzado tales concreciones que ni el duque de Ahumada hubiera sido capaz de imaginar. Yo pensaba que la fecha del 2 de mayo de 1808 servía solo para que los madrileños se dieran un baño de autoestima cívica, pero me equivoqué. También se utiliza como referente privilegiado de lo que debe ser un ciudadano patriota. Y no es la primera vez que dicha efeméride se saca del baúl de las antiguallas como elemento segundo de la comparación positiva.

El fascista E. Giménez Caballero ya comparó    en un folleto -Triunfo del 2 de mayo, Ediciones Los Combatientes, Fe y Acción, Fascículo doctrinal n.º 3, Madrid, 1939-,  la lucha del pueblo español contra la invasión napoleónica con el golpe militarista de 1936 contra la II República. Los seguidores fascistas de “Paco la Culona” luchaban contra los primos de los franceses de 1808, esta vez convertidos en comunistas, moscovitas, masones y ateos. Pues bien, en 2017, quienes defienden la unidad de España contra los independentistas catalanes son, mutatis mutandis, los que lucharon contra los invasores gabachos y los republicanos de 1936. De hecho, concitar en este aquelarre a Companys no iba tan descaminado, a pesar de la ignorancia histórica del núbil P. Casado, comunicador del PP.

En este panorama de manifestaciones excelsas sobre el patriotismo, la demagogia de las televisiones, estilo Goebbels, han demostrado estar a la altura que las circunstancias creadas por los “trileros independentistas” (Martínez Maillo, del PP, dixit), requería. Todas, al unísono “patrioteril”, han intentado superar las manifestadas por el periódico El País y sus colaboradores… sin conseguirlo. Y eso que las han dicho gordísimas.

Un tertuliano acusaba a las izquierdas por reprobar que la fiesta del 12 de octubre se llamase “Día de la Hispanidad” y no “Día de la Resistencia Indígena”, pues olvidaban que la II República fue “quien también llamó esa fiesta como “Día de la Raza”, titulación mucho más ofensiva que la de Hispanidad, que luego adoptó”. Y, abundando en la temática, sostendría que, si hubo conquista colonial, lo fue porque se dio una colaboración con los conquistadores por parte de los indígenas. Pero la patria española fue en todo momento una madre. Como lo es ahora, que vela por todos los españoles haciendo que se cumpla la ley y la constitución.

Maticemos. La “Fiesta de la Raza” se instituyó en 1913, gracias a la iniciativa del ministro F. Rodríguez que, también, fue alcalde de Madrid. Alfonso XIII, el 15 de junio de 1918 declararía, por decreto, fiesta nacional el día doce de octubre de cada año, “con la denominación de Fiesta de la Raza”. Como Día de la Hispanidad sería adoptado, a propuesta del sacerdote español Zacarías de Vizcarra, residente en Argentina. Ramiro de Maeztu, embajador de España en Buenos Aires en 1928-1929, apoyaría dicha iniciativa (Acción Española, 15.12.1931). Durante la II República se llamaría Día de la Hispanidad. El franquismo tardaría en asumir oficialmente dicha denominación, que lo haría el 10 de enero de 1958 con firma de “La Culona”.

En cuanto a la colaboración de los indígenas con su masacre, estaría bien que estos entendidos leyeran el libro Visión de los Vencidos, edición de Miguel León Portilla y que puede bajarse de Internet.La-vision-de-los-vencidos

Todo este asunto, me ha recordado el exabrupto del doctor Samuel Johnson (1709-1784): “El patriotismo es el último refugio de los canallas.” Naturalmente, se refería al patriotismo de los demás, ese que siempre es falso, como el de los patriotas de la Gürtel y de la Púnica, por ejemplo. Para calmar a las fieras canallas que se habían dado por aludidas, Johnson diría que “un patriota es aquel cuya conducta pública está guiada por un solo motivo: el amor a su país” (James Boswell, Vida de Samuel Johnson).

Definición muy complicada de entender si el amor anda por medio. Así, no parece que el patriotismo sea ni el primero ni el último refugio de canallas más o menos amorosos. No es ni refugio, porque tal patriotismo no existe. ¿Alguien conoce a un político al que en sus actuaciones solo le guie el amor a su país? Todos son potenciales canallas o corruptos. Al margen de uno mismo, claro.

 

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Orígenes del Estado Laico

El término laicismo se asocia con anticlericalismo y a sus partidarios se los califica como ateos, irreligiosos y antirreligiosos. Se sostiene que el huevo del laicismo lo incubó la Ilustración y sus pensadores, siendo las revoluciones liberales quienes rompieron su cascarón.

Ejemplo depurado de esta perspectiva lo encontramos en las encíclicas papales de Pío X, Pascendi Dominici gregis (8.9.1907), y la de Pío XI, Quas primas (11.12.1925), respectivamente.

En la de Pío XI, se dice”: “Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos”.

A continuación, ofrece una síntesis histórica de su evolución: “Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados”.

No decía Pío XI que el virus de esta peste se incubó en el cerebro de pensadores tan buenos cristianos y creyentes como su sacratísima eminencia.

Marsilio de Padua (1274-1349) y T. Hobbes (1588-1679 no fueron anticlericales, ni antirreligiosos, ni ateos. Nunca nombraron la palabra laicismo en sus escritos. A pesar de ello, la mayoría de las cualidades que Pío XI atribuyó al apestoso concepto estaban en la obra Defensor de la Paz, de Marsilio, y en Leviatán, de Hobbes.

Para ambos filósofos, la legítima institución política, fuese monarquía o república, no se basaba en la revelación divina. Derivaba de la comunidad, excluyendo todo poder distinto del justificado racionalmente. Rechazaban que la religión sirviese como fundamento del poder clerical. Este no era ningún poder, ni civil, ni religioso, ni político. Solo servía para enseñar su credo y esto con permiso del Estado.obispos

Nos han acostumbrado a hablar del poder temporal y del poder religioso, como si siempre hubiera sido así. Fue la beligerancia mostrada por la Iglesia en el terreno temporal, la que llevaría a Ockham (1285-1347) a defender un dualismo potestativo, basado en unas relaciones amistosas entre el poder de la cruz y el poder de la espada. Tesis que, con el tiempo, se haría uña y carne en ese contubernio del crucifijo y el cañón.

Sin embargo, Marsilio y Hobbes rechazaron este planteamiento y negaron que la iglesia tuviera tener poder político en el gobierno de las ciudades. El de Padua sostendrá que el poder del Papa y los obispos es “solapada usurpación de jurisdicción”, “invasión de competencias” e “insidiosa prevaricación”. Hobbes añadirá que “todo poder que los eclesiásticos asuman como derecho propio, aunque lo llamen derecho divino, no será sino usurpación”.

No estaban a favor de armonizar ambos poderes, sino que defendían que el brazo eclesiástico estuviera subordinado al poder civil, porque aquel no era ningún poder. Para Marsilio, solo había un poder, el poder civil y “los conflictos nacen de creer que hay dos poderes”. En esto resulta taxativo: “No puede haber más que una autoridad, la civil, y su fundamento no es religioso, sino político.”

Hobbes diría que, por creer que existe un poder religioso por encima del poder temporal, “el titular de ese poder religioso se cree legitimado para suspender o revocar según su deseo todas las humanas ordenaciones y leyes”. Sin embargo: “No hay más gobierno en esta vida, ni Estado, ni religión, que los temporales. Si se cae en la trampa y se admiten dos fuentes de poder, habrá necesariamente facciones opuestas y de ello se seguirá la guerra civil, dentro del Estado, entre la Iglesia y el Estado, entre los espiritualistas y los temporalistas, entre la espada de la justicia y el escudo de la fe; y habrá disensión dentro de cada hombre, entre el cristiano y el hombre”.

Hobbes consideraba que “la distinción entre poder temporal y espiritual es mera palabrería”. Admitir esta distinción traerá consecuencias catastróficas, porque “si el poder civil debe sujetarse de algún modo al espiritual, quien tiene el supremo poder espiritual tiene el derecho de mandar sobre los principios temporales, y de disponer en sus medidas temporales subordinándolas a las espirituales, lo que resulta además de peligroso, ininteligible desde la identidad de la comunidad y de la autoridad civil”. Thomas_Hobbes_(portrait)

Tanto para Hobbes como Marsilio “el clero ha constituido siempre un peligro para la paz, por lo que hay que controlar el uso que hacen de la religión los sacerdotes, que son parte funcional del Estado”. Son parte, y no un poder aparte.

El pensamiento de Marsilio de Padua, probablemente el primer teórico del Estado Laico, fue censurado y arrojado a la cripta del silencio. En cuanto a Hobbes, se le recuerda como fundamento del absolutismo político y valedor de la violencia del Estado, pero no sus “tesis laicistas”, que eran el cenit del pensamiento del propio Marsilio de Padua.

 

 

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Falsa equidistancia


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Algunos analistas sostienen que tanto en un bando como en otro se intentó exterminar al disidente ideológico y que, si en la zona republicana no se mató más, fue porque ya no quedaba a quien matar. Se añade que, si no hubieran triunfado los militares africanistas, lo habrían hecho los anarquistas y los comunistas, lo que no se sabe qué habría sido peor.

Se olvida decir que fueron unos militares perjuros quienes dieron un Golpe de Estado contra un Gobierno Democrático, elegido libremente por sufragio en unas elecciones. Este es el dato esencial y quienes lo solapan con argucias retóricas trampean por omisión la realidad histórica. Estamos hablando de un Golpe de Estado ilegal y antidemocrático que al fracasar inició la mal llamada Guerra Civil, convertida por la Iglesia en Santa Cruzada y que produjo la mayor barbarie conocida en España en su historia. Este falaz discurso equidistante se plasma reiteradamente en libros y artículos, los cuales, aunque ayudan a pensar y a dudar en un principio, producen, al final, el efecto contrario al que buscan, pues aumentan más la convicción personal de lo que sostienen.

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Jordi Gracia, crítico literario, comentando una novela sobre la Guerra Civil, afirmaba que “las miserias de la historia son patrimonio universal de la humanidad, incluida la herencia abusiva e instrumental de la memoria vencida”. Decir que las miserias de la historia son patrimonio de la humanidad es como decir que lo son del lucero del alba. Pero sostener que los herederos de esas miserias inmerecidas, que tienen nombres y apellidos, son gente que está instrumentalizando de forma abusiva el asesinato de sus familiares en la guerra civil es una cruel bofetada contra quienes durante más de cuarenta años han sufrido los horrores de una postguerra tan atroz como injusta.

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En su día, Javier Pradera se opuso a que Baltasar Garzón llevase a los tribunales a los asesinos implicados en aquel régimen fascista. Consideraba que la actitud del juez solo conseguiría minar la santa reconciliación que los españoles habían conseguido gracias a la democracia, sin aclarar que era una democracia pactada a espaldas de la sociedad y firmada por los herederos de los vencedores de la guerra. Uno de estos, Gregorio Marañón y Beltrán de Lis, nieto del célebre médico, pediría un reconocimiento público para el franquismo y coadyuvar así a la reconciliación nacional. Sería como si en la Alemania actual alguien defendiera el reconocimiento moral y político de quienes impusieron el nazismo, los campos de concentración y las cámaras de gas.

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Joaquín Leguina sostuvo que, dado que “muchos fascistas eran buenas personas y muchos republicanos eran asesinos, los dos bandos fueron responsables de la barbarie”, lo que traducido por el sublime Pérez Reverte quedaba así: “todos somos hijos de puta”. Sin duda que se trata del insulto de un imbécil, pues olvida que, mientras la represión y el asesinato fueron la política de Estado de la dictadura franquista, nunca lo fue en el lado de la II República. Quien fuera primer ministro de educación del Gobierno fascista, Sainz Rodríguez, lo reconocería sin tapujos: “la política del general Franco consistió en conservar en España el clima moral de la guerra civil”. Y no hace falta describir cómo se consiguió dicho clima.

roto3Juan José López Burniol escribía en “La Vanguardia” que “ambos bandos tenían igual derecho moral y político”, y justificaba a los golpistas de 1936 con la falacia de que “eran buenas personas y creían que luchaban por España”. Estaríamos, pues, ante una nueva versión de que el fin justifica los medios. Como, no solo creían que luchaban por España, también por Dios, entonces, cualquier atrocidad estaba legalizada y legitimada. Olvidaba L. Burniol que Hitler luchaba por Alemania y la Inquisición por la pureza de la fe.

El razonamiento de este revisionismo se basa en un análisis que sostiene que excesos y tropelías, con asesinatos incluidos, se cometieron en los dos bandos y que lo mejor sería cubrir ese pasado con un (es)tupido velo. Pero por mucho que se insista, esta interpretación, además de grosera, no encaja de ningún modo en lo que pasó en España y, menos todavía, en Navarra. Aquí ningún republicano aniquiló a ningún fascista, ni se quemaron conventos con las monjas y los curas dentro.

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Aquí no hubo frente de guerra, sino un frente de aniquilamiento basado en la técnica “molista”, del aquí te cojo y aquí te mato. Los únicos verdugos que existieron pertenecieron a la Falange y al Requeté, aplaudidos y jaleados por las fuerzas políticas, económicas e institucionales de la Provincia, cuyos nombres y apellidos los conocen sus herederos mejor que nadie. Ignoramos si Mola fue instrumento de la Providencia Divina. De lo que no dudamos es que fue el medio del que se sirvió la burguesía local para convertir Navarra en un cortijo de su propiedad.

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La última interpretación de la Guerra hecha desde esta falsa equidistancia la ha ofrecido la exposición de la Universidad del Opus, titulada “Vivir en guerra, vivir la guerra: a ochenta años de 1936. Exposición Virtual sobre la Guerra civil”.

Sería largo comentar cada uno de sus apartados, a cuál de ellos más maniqueos. El visitante que contempla dicha barbarie no sabrá a quién adjudicársela. La guerra sucedió porque sí. Se pretende que el visitante deduzca que fascistas y republicanos fueron todos muy malos. Pero hay un problema. Como Navarra no puede prestarse a esta interpretación de la responsabilidad equidistante, no aparecerá en dicha exposición. Ni siquiera una alusión a los crímenes cometidos gloriosamente en nombre del Movimiento o santa Cruzada. Arteramente se pretende equiparar lo sucedido en el resto de España con el genocidio perpetrado en Navarra. Al hacerlo, la exposición se convierte en una estafa histórica y en un insulto a las víctimas. Y ningunea a los verdugos que tanto se enorgullecieron por haber limpiado a Navarra de gente tan mala.

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En el apartado dedicado a “Los Desastres de la Guerra”, solo se exponen edificios destruidos. Una guerra donde no hubo muertos. Vaya. Parece ciencia ficción. En cuanto a sus pies de foto no pueden ser más delatores de una visión angelical y aséptica, sin víctimas ni verdugos. Dice que “el Alcázar lo volaron los mineros asturianos”. En cambio, a Guernica no se sabe quién la destruyó. Y así vemos y leemos: “Guernica después del bombardeo”. Tranquilos. En 1936, decían los golpistas que José Antonio Aguirre, presidente del PNV, había traído mineros asturianos para destruirla.

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El chaquetero, tránsfuga y golpista, subdirector de Diario de Navarra, Eladio Esparza lo diría así: “La furia roja con la que pactó el separatismo ha destruido Guernica”. Así que algo se ha avanzado.

Y, si de avanzar se trata, estaría bien que para afrontar estas argucias conceptuales sin mentiras fraudulentas como esta exposición opusiana- no subvencionada con dinero del erario, espero-, el Gobierno actual podría, no solo reconocer a las víctimas. También airear los nombres y apellidos de los verdugos. Para ello, bastaría que el Parlamento Foral y Nacional adoptase la resolución emitida por el Consejo de Europa -Resolución 1736 (2006)-declarando el 18 de julio Día de Condena del Régimen de Franco y de Recuerdo a las Víctimas de la Dictadura.

Sería una denuncia contundente de esa falsa interpretación equidistante que atribuye idéntica responsabilidad de la masacre a fascistas y republicanos. Dicho dictamen aplicado a España es una grosera obscenidad y una gran mentira si se piensa en Navarra. Aquí solo hubo verdugos: requetés y falangistas.

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IDENTIDAD NACIONAL

 

HERDER1La burguesía del siglo XIX presentaría la lengua como signo identitario de la Nación, a partir de la cual deseaba construir un Estado frente a las monarquías absolutistas. Los escritos de Herder (1743-1803) y otros teóricos afines se utilizarían como base doctrinal de este movimiento. Cada Nación tenía su espíritu propio, el llamado Espíritu del Pueblo. El filósofo alemán lo describía como fuerza creativa que habita en el inconsciente colectivo, manifestándose en la lengua, pero, no solo, también, en la poesía, en la historia, en las canciones populares y en el derecho. A pesar de ello, Herder nunca se declaró nacionalista, sino cosmopolita. Por su parte, la Ilustración sostendría que los hombres son iguales y que la lengua no era una esencia que los hiciera diferentes. Diderot dixit.



En la actualidad, la lengua es un factor empírico con el que se puede identificar a un grupo social, grande, mediano o pequeño. Pero dicha identificación no va más allá del dato que señala la observación: la existencia de un grupo. Porque, la sola influencia de la lengua no hace que la gente forme colectivos de modo uniforme y homogéneo. Herder observaría que en un territorio monolingüe no se mantenían idénticos intereses, incluso en campos afines como el del Derecho o en el de Nación. ¿La razón? Tal concepción no dependía únicamente de la lengua, ni esta era su única causa.

Asociar identidad nacional y lengua ni es desvarío, ni trasunto de derechas, ni de izquierdas, sino un lugar común. De tanto repetirlo, se ha convertido en estereotipo. Le ha sucedido como a las primeras metáforas inventadas. A estas alturas “el cuello de la botella” ha perdido su primer brillo y originalidad. Se utiliza de forma inconsciente sin reparar en que ninguna botella tiene cuello.

Es verdad que existieron estudiosos que dijeron que, por hablar una determinada lengua -“infinitamente más original, más interesante, rica y perfecta”-, también, pensaban de distinto modo y amaban a su patria de una manera diferente, gracias a que hablaban dicha lengua y no otra. Lamentablemente, nunca describieron en qué se tradujo este arte amatorio.

Es interesante constatar que por estos pagos, mientras la lengua no se enarboló como signo de identidad nacional, no generaría problemas entre quienes andaban metidos en la meritoria tarea de construir una Nación.  En este contexto, la lengua era condumio más espiritual que político.

CAMPION

Arturo Campión planteaba que, caso de que el euskera en Iruña lo hubiese hecho suyo la clase alta, se habría dado un avance tremendo en su normalización social. Y, si lo hubiera hecho la izquierda, mucho más, pero no fue así. La defensa del euskera recayó en la derecha más reaccionaria. Todo ello hizo que su uso público se circunscribiera a la iglesia, a la oración y al viacrucis. De ahí que el prolífico escritor navarro diese tanta importancia al euskera en el orden moral: “Si los sonidos de un idioma, como otros elementos fisiológicos, pueden servir de indicaciones del carácter moral de un pueblo, diré que, a mi juicio, los del euskera revelan perfectamente el temperamento de la gente baska”. Por eso, concluía: “cambiar de lengua es cambiar de alma”. El fascista Garcilaso, director de Diario de Navarra, opinaba como el rentista Campión. Y pocos periódicos como el papel golpista escribiría tantas loas al euskera, en la línea de lo que sostendría la Diputación Foral de Navarra en 1895: “cada pueblo tiene su idioma que expresa su conciencia colectiva.” Herder con un retraso de cien años.

ARANA

Mientras el euskera se mantuvo en los herrajes de este tipo de soflamas o, incluso se definiera como factor que imprimía carácter de nacionalidad pero sin que ningún grupo social se auto-determinara en esta dimensión política, no hubo problema. Esta visión idílica se hizo trizas cuando Sabino Arana erigió la lengua como elemento clave en la identidad nacional de un espacio político, denominado Euskadi. La Lengua, junto con el Territorio, la Religión, las Tradiciones y las Costumbres populares, serían los pivotes sobre los que se asentaría el mapa patriótico defendido por el político de Abando.

¿Que Arana politizó el euskera? Claro, pero más lo politizarían los gobernadores civiles, como Benito Francia, prohibiendo su enseñanza en las escuelas y, como él, aquellos infames maestros que implantaron la perversidad del anillo, y que Campión describiera críticamente en su novela Blancos y Negros.  BLANCOS-NEGROS

Nadie como Campión cantó las excelencias del euskera como elemento de nexo espiritual y regional con el resto de las provincias hermanas, dando lugar al Zazpiak bat. Arcadia feliz que se fue al garete en cuanto la lengua se utilizó como parte de la argamasa de esa nueva nacionalidad llamada Euskadi. Luego, vendría la manipulación maniquea del euskera convertida en lengua de los separatistas vascos cuando no de los terroristas. Que este cambalache lo perpetraran quienes habían sido sus grandes apologetas, revelaría el avieso uso que ciertos sujetos han hecho de la lengua, utilizándola como pretexto de intereses políticos concretos, cuyos coletazos aún contemplamos en nuestros días con los libros de texto.

En la actualidad, la consideración de la lengua como factor de identidad nacional pervive. Pero, quizás, llegó el momento de preguntarse si lo es de verdad o, tal vez, se trata de un estereotipo que convendría situarlo en coordenadas interpretativas más ajustadas con el funcionamiento de la lengua.

  He dicho que la lengua, más que valencia de identidad, lo es de identificación. Puede parecer lo mismo, pero no lo es.  La identificación sirve para constatar la existencia de un colectivo que habla una misma lengua, pero eso no significa que produzca una afinidad común que derive en identidad nacional.

Mantener la lengua como signo exclusivo y excluyente de identidad nacional no favorece la cohesión y coexistencia política y social. La lengua, utilizada bajo esa perspectiva, no concita el aplauso unánime. Hecho que va en detrimento de la propia lengua, a la que se le atribuyen efectos místicos y transcendentes que no se ven por ningún lado.

Si la lengua perdiese la consideración exclusiva y excluyente de ser factor de nacionalidad, ¿se normalizaría su uso? No lo sé. Sí sé que apelar a la lengua como factor dominante en la construcción de una identidad nacional, resulta cuando menos complicado en una situación diglósica. Enarbolarla como elemento único diferenciador, más que solución ha devenido, no en problema -la lengua no debería serlo nunca y no es culpable de nada-, pero, sí, en una situación que genera muchas suspicacias. Y manipulaciones groseras por parte del poder que la ordeña con fines espurios.

 Sería higiénico preguntarse qué es, además de la lengua que hablamos, lo que nos define como vascos. Y responder sin caer en dramatismos ni esencialismos. Menos aún en misticismos.

 

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