Falsa equidistancia


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Algunos analistas sostienen que tanto en un bando como en otro se intentó exterminar al disidente ideológico y que, si en la zona republicana no se mató más, fue porque ya no quedaba a quien matar. Se añade que, si no hubieran triunfado los militares africanistas, lo habrían hecho los anarquistas y los comunistas, lo que no se sabe qué habría sido peor.

Se olvida decir que fueron unos militares perjuros quienes dieron un Golpe de Estado contra un Gobierno Democrático, elegido libremente por sufragio en unas elecciones. Este es el dato esencial y quienes lo solapan con argucias retóricas trampean por omisión la realidad histórica. Estamos hablando de un Golpe de Estado ilegal y antidemocrático que al fracasar inició la mal llamada Guerra Civil, convertida por la Iglesia en Santa Cruzada y que produjo la mayor barbarie conocida en España en su historia. Este falaz discurso equidistante se plasma reiteradamente en libros y artículos, los cuales, aunque ayudan a pensar y a dudar en un principio, producen, al final, el efecto contrario al que buscan, pues aumentan más la convicción personal de lo que sostienen.

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Jordi Gracia, crítico literario, comentando una novela sobre la Guerra Civil, afirmaba que “las miserias de la historia son patrimonio universal de la humanidad, incluida la herencia abusiva e instrumental de la memoria vencida”. Decir que las miserias de la historia son patrimonio de la humanidad es como decir que lo son del lucero del alba. Pero sostener que los herederos de esas miserias inmerecidas, que tienen nombres y apellidos, son gente que está instrumentalizando de forma abusiva el asesinato de sus familiares en la guerra civil es una cruel bofetada contra quienes durante más de cuarenta años han sufrido los horrores de una postguerra tan atroz como injusta.

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En su día, Javier Pradera se opuso a que Baltasar Garzón llevase a los tribunales a los asesinos implicados en aquel régimen fascista. Consideraba que la actitud del juez solo conseguiría minar la santa reconciliación que los españoles habían conseguido gracias a la democracia, sin aclarar que era una democracia pactada a espaldas de la sociedad y firmada por los herederos de los vencedores de la guerra. Uno de estos, Gregorio Marañón y Beltrán de Lis, nieto del célebre médico, pediría un reconocimiento público para el franquismo y coadyuvar así a la reconciliación nacional. Sería como si en la Alemania actual alguien defendiera el reconocimiento moral y político de quienes impusieron el nazismo, los campos de concentración y las cámaras de gas.

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Joaquín Leguina sostuvo que, dado que “muchos fascistas eran buenas personas y muchos republicanos eran asesinos, los dos bandos fueron responsables de la barbarie”, lo que traducido por el sublime Pérez Reverte quedaba así: “todos somos hijos de puta”. Sin duda que se trata del insulto de un imbécil, pues olvida que, mientras la represión y el asesinato fueron la política de Estado de la dictadura franquista, nunca lo fue en el lado de la II República. Quien fuera primer ministro de educación del Gobierno fascista, Sainz Rodríguez, lo reconocería sin tapujos: “la política del general Franco consistió en conservar en España el clima moral de la guerra civil”. Y no hace falta describir cómo se consiguió dicho clima.

roto3Juan José López Burniol escribía en “La Vanguardia” que “ambos bandos tenían igual derecho moral y político”, y justificaba a los golpistas de 1936 con la falacia de que “eran buenas personas y creían que luchaban por España”. Estaríamos, pues, ante una nueva versión de que el fin justifica los medios. Como, no solo creían que luchaban por España, también por Dios, entonces, cualquier atrocidad estaba legalizada y legitimada. Olvidaba L. Burniol que Hitler luchaba por Alemania y la Inquisición por la pureza de la fe.

El razonamiento de este revisionismo se basa en un análisis que sostiene que excesos y tropelías, con asesinatos incluidos, se cometieron en los dos bandos y que lo mejor sería cubrir ese pasado con un (es)tupido velo. Pero por mucho que se insista, esta interpretación, además de grosera, no encaja de ningún modo en lo que pasó en España y, menos todavía, en Navarra. Aquí ningún republicano aniquiló a ningún fascista, ni se quemaron conventos con las monjas y los curas dentro.

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Aquí no hubo frente de guerra, sino un frente de aniquilamiento basado en la técnica “molista”, del aquí te cojo y aquí te mato. Los únicos verdugos que existieron pertenecieron a la Falange y al Requeté, aplaudidos y jaleados por las fuerzas políticas, económicas e institucionales de la Provincia, cuyos nombres y apellidos los conocen sus herederos mejor que nadie. Ignoramos si Mola fue instrumento de la Providencia Divina. De lo que no dudamos es que fue el medio del que se sirvió la burguesía local para convertir Navarra en un cortijo de su propiedad.

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La última interpretación de la Guerra hecha desde esta falsa equidistancia la ha ofrecido la exposición de la Universidad del Opus, titulada “Vivir en guerra, vivir la guerra: a ochenta años de 1936. Exposición Virtual sobre la Guerra civil”.

Sería largo comentar cada uno de sus apartados, a cuál de ellos más maniqueos. El visitante que contempla dicha barbarie no sabrá a quién adjudicársela. La guerra sucedió porque sí. Se pretende que el visitante deduzca que fascistas y republicanos fueron todos muy malos. Pero hay un problema. Como Navarra no puede prestarse a esta interpretación de la responsabilidad equidistante, no aparecerá en dicha exposición. Ni siquiera una alusión a los crímenes cometidos gloriosamente en nombre del Movimiento o santa Cruzada. Arteramente se pretende equiparar lo sucedido en el resto de España con el genocidio perpetrado en Navarra. Al hacerlo, la exposición se convierte en una estafa histórica y en un insulto a las víctimas. Y ningunea a los verdugos que tanto se enorgullecieron por haber limpiado a Navarra de gente tan mala.

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En el apartado dedicado a “Los Desastres de la Guerra”, solo se exponen edificios destruidos. Una guerra donde no hubo muertos. Vaya. Parece ciencia ficción. En cuanto a sus pies de foto no pueden ser más delatores de una visión angelical y aséptica, sin víctimas ni verdugos. Dice que “el Alcázar lo volaron los mineros asturianos”. En cambio, a Guernica no se sabe quién la destruyó. Y así vemos y leemos: “Guernica después del bombardeo”. Tranquilos. En 1936, decían los golpistas que José Antonio Aguirre, presidente del PNV, había traído mineros asturianos para destruirla.

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El chaquetero, tránsfuga y golpista, subdirector de Diario de Navarra, Eladio Esparza lo diría así: “La furia roja con la que pactó el separatismo ha destruido Guernica”. Así que algo se ha avanzado.

Y, si de avanzar se trata, estaría bien que para afrontar estas argucias conceptuales sin mentiras fraudulentas como esta exposición opusiana- no subvencionada con dinero del erario, espero-, el Gobierno actual podría, no solo reconocer a las víctimas. También airear los nombres y apellidos de los verdugos. Para ello, bastaría que el Parlamento Foral y Nacional adoptase la resolución emitida por el Consejo de Europa -Resolución 1736 (2006)-declarando el 18 de julio Día de Condena del Régimen de Franco y de Recuerdo a las Víctimas de la Dictadura.

Sería una denuncia contundente de esa falsa interpretación equidistante que atribuye idéntica responsabilidad de la masacre a fascistas y republicanos. Dicho dictamen aplicado a España es una grosera obscenidad y una gran mentira si se piensa en Navarra. Aquí solo hubo verdugos: requetés y falangistas.

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IDENTIDAD NACIONAL

 

HERDER1La burguesía del siglo XIX presentaría la lengua como signo identitario de la Nación, a partir de la cual deseaba construir un Estado frente a las monarquías absolutistas. Los escritos de Herder (1743-1803) y otros teóricos afines se utilizarían como base doctrinal de este movimiento. Cada Nación tenía su espíritu propio, el llamado Espíritu del Pueblo. El filósofo alemán lo describía como fuerza creativa que habita en el inconsciente colectivo, manifestándose en la lengua, pero, no solo, también, en la poesía, en la historia, en las canciones populares y en el derecho. A pesar de ello, Herder nunca se declaró nacionalista, sino cosmopolita. Por su parte, la Ilustración sostendría que los hombres son iguales y que la lengua no era una esencia que los hiciera diferentes. Diderot dixit.



En la actualidad, la lengua es un factor empírico con el que se puede identificar a un grupo social, grande, mediano o pequeño. Pero dicha identificación no va más allá del dato que señala la observación: la existencia de un grupo. Porque, la sola influencia de la lengua no hace que la gente forme colectivos de modo uniforme y homogéneo. Herder observaría que en un territorio monolingüe no se mantenían idénticos intereses, incluso en campos afines como el del Derecho o en el de Nación. ¿La razón? Tal concepción no dependía únicamente de la lengua, ni esta era su única causa.

Asociar identidad nacional y lengua ni es desvarío, ni trasunto de derechas, ni de izquierdas, sino un lugar común. De tanto repetirlo, se ha convertido en estereotipo. Le ha sucedido como a las primeras metáforas inventadas. A estas alturas “el cuello de la botella” ha perdido su primer brillo y originalidad. Se utiliza de forma inconsciente sin reparar en que ninguna botella tiene cuello.

Es verdad que existieron estudiosos que dijeron que, por hablar una determinada lengua -“infinitamente más original, más interesante, rica y perfecta”-, también, pensaban de distinto modo y amaban a su patria de una manera diferente, gracias a que hablaban dicha lengua y no otra. Lamentablemente, nunca describieron en qué se tradujo este arte amatorio.

Es interesante constatar que por estos pagos, mientras la lengua no se enarboló como signo de identidad nacional, no generaría problemas entre quienes andaban metidos en la meritoria tarea de construir una Nación.  En este contexto, la lengua era condumio más espiritual que político.

CAMPION

Arturo Campión planteaba que, caso de que el euskera en Iruña lo hubiese hecho suyo la clase alta, se habría dado un avance tremendo en su normalización social. Y, si lo hubiera hecho la izquierda, mucho más, pero no fue así. La defensa del euskera recayó en la derecha más reaccionaria. Todo ello hizo que su uso público se circunscribiera a la iglesia, a la oración y al viacrucis. De ahí que el prolífico escritor navarro diese tanta importancia al euskera en el orden moral: “Si los sonidos de un idioma, como otros elementos fisiológicos, pueden servir de indicaciones del carácter moral de un pueblo, diré que, a mi juicio, los del euskera revelan perfectamente el temperamento de la gente baska”. Por eso, concluía: “cambiar de lengua es cambiar de alma”. El fascista Garcilaso, director de Diario de Navarra, opinaba como el rentista Campión. Y pocos periódicos como el papel golpista escribiría tantas loas al euskera, en la línea de lo que sostendría la Diputación Foral de Navarra en 1895: “cada pueblo tiene su idioma que expresa su conciencia colectiva.” Herder con un retraso de cien años.

ARANA

Mientras el euskera se mantuvo en los herrajes de este tipo de soflamas o, incluso se definiera como factor que imprimía carácter de nacionalidad pero sin que ningún grupo social se auto-determinara en esta dimensión política, no hubo problema. Esta visión idílica se hizo trizas cuando Sabino Arana erigió la lengua como elemento clave en la identidad nacional de un espacio político, denominado Euskadi. La Lengua, junto con el Territorio, la Religión, las Tradiciones y las Costumbres populares, serían los pivotes sobre los que se asentaría el mapa patriótico defendido por el político de Abando.

¿Que Arana politizó el euskera? Claro, pero más lo politizarían los gobernadores civiles, como Benito Francia, prohibiendo su enseñanza en las escuelas y, como él, aquellos infames maestros que implantaron la perversidad del anillo, y que Campión describiera críticamente en su novela Blancos y Negros.  BLANCOS-NEGROS

Nadie como Campión cantó las excelencias del euskera como elemento de nexo espiritual y regional con el resto de las provincias hermanas, dando lugar al Zazpiak bat. Arcadia feliz que se fue al garete en cuanto la lengua se utilizó como parte de la argamasa de esa nueva nacionalidad llamada Euskadi. Luego, vendría la manipulación maniquea del euskera convertida en lengua de los separatistas vascos cuando no de los terroristas. Que este cambalache lo perpetraran quienes habían sido sus grandes apologetas, revelaría el avieso uso que ciertos sujetos han hecho de la lengua, utilizándola como pretexto de intereses políticos concretos, cuyos coletazos aún contemplamos en nuestros días con los libros de texto.

En la actualidad, la consideración de la lengua como factor de identidad nacional pervive. Pero, quizás, llegó el momento de preguntarse si lo es de verdad o, tal vez, se trata de un estereotipo que convendría situarlo en coordenadas interpretativas más ajustadas con el funcionamiento de la lengua.

  He dicho que la lengua, más que valencia de identidad, lo es de identificación. Puede parecer lo mismo, pero no lo es.  La identificación sirve para constatar la existencia de un colectivo que habla una misma lengua, pero eso no significa que produzca una afinidad común que derive en identidad nacional.

Mantener la lengua como signo exclusivo y excluyente de identidad nacional no favorece la cohesión y coexistencia política y social. La lengua, utilizada bajo esa perspectiva, no concita el aplauso unánime. Hecho que va en detrimento de la propia lengua, a la que se le atribuyen efectos místicos y transcendentes que no se ven por ningún lado.

Si la lengua perdiese la consideración exclusiva y excluyente de ser factor de nacionalidad, ¿se normalizaría su uso? No lo sé. Sí sé que apelar a la lengua como factor dominante en la construcción de una identidad nacional, resulta cuando menos complicado en una situación diglósica. Enarbolarla como elemento único diferenciador, más que solución ha devenido, no en problema -la lengua no debería serlo nunca y no es culpable de nada-, pero, sí, en una situación que genera muchas suspicacias. Y manipulaciones groseras por parte del poder que la ordeña con fines espurios.

 Sería higiénico preguntarse qué es, además de la lengua que hablamos, lo que nos define como vascos. Y responder sin caer en dramatismos ni esencialismos. Menos aún en misticismos.

 

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IDENTIDAD LINGÜÍSTICA (2)

 


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Hablar y escribir una lengua determinada no conlleva ningún plus de identidad ética, estética, social y política. Quienes defienden esa correspondencia sin fisuras, quizás, lo hagan porque toleran algunas deformaciones metodológicas con las que abordan la relación piscolingüística entre lengua y “desarrollo integral
de la personalidad”. Me refiero al conductismo, al mentalismo y al fundamentalismo. Los análisis, hechos bajo la lupa de estas tres líneas interpretativas, arrojan la imagen de una lengua sometida y ordeñada para beneficio de causas espurias.

Conductismo

No es fácil librarse del conductismo. No lo es, porque es muy atractivo para explicar de forma sencilla y ocurrente la complejidad de los fenómenos. Dicho de un modo grosero, el conductismo jibariza la lengua reduciéndola al producto de un estímulo y de una respuesta mecánicos, sin reparar en los procesos volitivos, afectivos y cognitivos que implica nombrar, describir y ordenar la realidad.

En la práctica, no somos más buenos, ni mejores, ni más guapos por hablar una lengua determinada. Ni más inteligentes. Tampoco peores. Al ser la lengua un producto humano, habrá que atenerse a sus consecuencias, pues el hombre por naturaleza es depredador. Lo que nos impulsa a ser de una manera equilibrada, justa y prudente no tiene que ver con el modelo de construcciones gramaticales de la lengua que hablamos, ni tampoco con su conjugación verbal, como pensaron Benjamin Lee Whorf y Sapir.

SAPIR

Quizás, existan personas que consideran que no se puede sostener lo que digo. Dirán que de la experiencia particular de hablar una lengua específica no se puede deducir el conocimiento de lo que otras lenguas hacen al individuo que las habla. Tengo, sin embargo, la grata sensación de que basta con hablar una sola lengua para percatarse de lo ilusorio que es cifrar en ella los rasgos definitorios de una identidad particular. No comparto, en consecuencia, aquella idea conductista del pasado, que sostenía que hablar euskera libraba al país de caer en la idolatría, en el laicismo, en el ateísmo y en la blasfemia. Y, por supuesto, en el españolismo. Al parecer, el conde de Lerín debía hablar un euskera muy raro para echarse en brazos de los invasores castellanos. En cambio, el euskera de la familia Jaso del castillo de Javier era anticastellano per se.

Mentalismo. Teoría que considera que la lengua crea la realidad. Por eso, se dirá que tenemos la realidad que merece nuestra lengua. Se trata de una afirmación acorde con la lengua, toda vez que esta hace a los sujetos de un modo o de otro. La realidad, si no se nombra, no existe. Al nombrarla con una lengua determinada, la realidad cobra caracteres que solo esa lengua es capaz de crear y de entender. Al euskara le correspondería un realidad acorde con su estructura lingüística, lo mismo que al castellano la suya. Un disparate de este tamaño lo patentaba la crítica literaria hace unos años, donde sus más reputados críticos defendían que solo la literatura era capaz de dotar de existencia la realidad. Un idealismo insostenible.

UNAMUNOCuando uno lee que “no es lo mismo nombrar la realidad en inglés que en una lengua minoritaria”, no puede sino recobrar aquella tontería mentalista que soltó Unamuno a principios del XX en los juegos florales de Bilbao respecto al euskera. Lo triste del asunto es que todavía existen mentes pluricelulares que aceptan la superioridad de una lengua sobre otra para explicar la física cuántica. ¿Cómo va a comparar usted una lengua que ha dado al mundo la Divina Comedia, Hamlet, Don Quijote La Biblia, el Corán, el Libro de los Muertos y el código de Hamurabi? No hay color mentalista.

Fanatismo. También podríamos denominarlo fundamentalismo, pues eleva la lengua al mismo rango y categoría que tiene la religión en ciertos movimientos radicales y fanáticos. El fundamentalismo lingüístico otorga a la lengua la categoría de esencia cuando no lo es. Cuando se convierte en esencia, el fanatismo no anda lejos.

La palabra fanático procede de fanum, en latín templo o lugar destinado para hacer oráculos. El término fanaticus se refirió primero al portero o vigilante nocturno que cuidaba del edificio. Con el tiempo, su significado se extendió refiriéndose exclusivamente al adepto, al seguidor de un santuario particular, algo que, dado el sincretismo de los romanos, no sentó nada bien en aquella sociedad politeísta. Los etimologistas advierten de la existencia de un verbo, fanari, con el significado de estar poseído por un fervor religioso divino, dando así un nuevo sentido a fanaticus, que es el moderno: “sujeto lleno de furor religioso” y que por extensión deriva en furor político, lingüístico y gastronómico. Se trataría del mismo furor teológico-lingüístico que acompañó a los colonizadores españoles -algunos de ellos hablaban euskera-, y que exterminaron lenguas autóctonas. Como diría un discípulo de Nebrija, “les hicieron un favor. A fin de cuentas, ¿qué mejor lengua que la española para hablar con Dios?”.

Situar en la lengua el fundamento de nuestra singularidad personal es peligroso para la convivencia, caso de que no contemos con otros resortes psicológicos y sociales que mitiguen esa influencia fanática en el comportamiento. La lengua que hablamos no posee propiedades vitamínicas éticas o estéticas. Tampoco políticas o sociales. Somos lo que decidamos ser, podamos y nos dejen. En clave individual o colectiva. Pero la lengua no concita de forma uniforme los intereses diferenciados de las personas. Existen otras valencias que nos llevan a potenciar o a alejar nuestra relación con los otros y convertir esta en plataforma colectiva, no de identidad, pero sí de defensa de unos intereses apetecibles que el Estado, sea democrático o totalitario, se encargará de anular, levantando barricadas contra el desarrollo autónomo y libre de los individuos para ser lo que les pida el cuerpo y el corazón.

La lengua que hablamos es inocente y neutra. No lo somos quienes la hablamos; tampoco, lo es el contexto social y político en que la usamos. Sin olvidar que los procesos de aprendizaje lingüístico no deparan idénticas experiencias psicológicas, afectivas y cognitivas. De hecho, existen personas que sienten el euskera como esencia o fundamento de su identidad individual y, también, colectiva.

Otras, por el contrario, sostienen que dicho aprendizaje lingüístico -lleno de impregnaciones cognitivas y afectivas diferenciadas-, los ha dejado indiferentes con relación a esa identidad, que es lo que nos ocurre a quienes, aun hablando y escribiendo solo castellano, no sentimos ningún entusiasmo por esa abstracción llamada España.


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IDENTIDAD LINGÜÍSTICA (1)

IDENTIDAD LINGUISTICA


 
Todavía se sigue diciendo que “somos la lengua que hablamos” y que  “el día que la perdamos dejaremos de ser”. También se afirma que “somos lo que leemos” y “lo que comemos”. Y así podríamos concitar frases más o menos ocurrentes con la pretensión de solucionar la metafísica del big bang, es decir, del ser y sus circunstancias.

 Siendo la lengua un evento que tiene mucho de darwinista, un proceso y producto tan azaroso como accidental, parece extraño que se la considere como nota imprescindible de la identidad individual y colectiva. Al otorgarle esta importancia, nos colocamos a la misma altura que esos dictadores que para aniquilar a un pueblo les prohibían hablar su lengua autóctona. Nadie como los dictadores han dado tanta importancia a la lengua de los demás para destruirla. Pensaban que mataban un pueblo destruyendo su lengua. Olvidaban que el pueblo es mucho más que la lengua que habla.

Las palabras, además de significantes, tienen memoria, un ingrediente fundamental, aunque quebradizo, en la configuración de la identidad del yo. La lengua, más que instrumento de comunicación, es dispositivo organizador de lo que vivimos. Con la lengua estructuramos la realidad, pero no la creamos. Y no existen lenguas que organicen y estructuren la realidad mejor que otras. Todas son imperfectas en este cometido. Porque la lengua nunca refleja exactamente el pensamiento; tampoco, el sentimiento. Y la memoria, no solo es manipulable, también, selectiva.

Cada individuo dispone de un relé lingüístico que moviliza de modo diferente. De ahí que los resultados de tal proceso sean distintos, a pesar de utilizar los mismos significantes. La lengua no unifica conductas; tampoco, pensamientos. Al contrario, los diversifica y diferencia, porque cada persona hace funcionar la lengua según su inteligencia y por sus intereses, que rara vez son fonéticos y sintácticos. Esa es una de sus cualidades. Que cada persona es única licuando lo que vive mediante la lengua. Oiremos a alguien hablar de su soledad y pensaremos que lo entendemos. Pero nada más lejos de la verdad. Nadie entiende por soledad lo mismo, porque no la vive de igual modo.

Hay quienes piensan que la lengua es el quid que hace posible amar diferente lo que se denomina patria. Dicen que la lengua que hablas nos hace querer de un modo específico lo que nos rodea. Desde esta perspectiva analítica, concluyen que la lengua determina el pensamiento  y el sentimiento de las personas, tanto individual como colectivamente. Una coloración que afectaría al humus psicológico del individuo. Lo que seas se lo debes tanto a la configuración gramatical de la lengua como al modo que de ponerla en funcionamiento mental cuando piensas, sientes y ordenas lo que vives.

¿Qué decir?

Primero. Hay en esta descripción un tufo determinista, cuando no fatalista. Nadie está predeterminado para ser un tarugo mental, un imperialista de cuidado, un filósofo hegeliano o un diplomático de carrera, hable la lengua que sea. Ninguna lengua lleva inserto en su ADN gramatical un compuesto vitamínico de la identidad.

Segundo. Cuando se habla de las relaciones entre lenguaje  y pensamiento, se soslaya el concepto de cultura. La cultura es ese líquido amniótico en el que tanto el lenguaje como el pensamiento, y sus relaciones interactivas, se bañan y adquieren su sentido primero y último. Sin esa cultura, el lenguaje y el pensamiento establecerán las relaciones que quieran, pero su sentido lo sancionará la urdimbre cultural en el que uno vive.

Hay quienes sostienen que al hablar castellano adquirimos la “identidad” española, no solo en términos administrativos y burocráticos, sino en un nivel más profundo y raigal. Y ello porque la lengua sigue juzgándose como clave definitiva en la adquisición de la identidad. La lengua de cada país o de cada Nación sin Estado posibilita una identidad específica y una forma de ser. La lengua, mucho más que cualquier condumio espiritual o gastronómico, es un factor determinante en la configuración del yo.

Y, ¿qué sucede cuando en un territorio se hablan dos lenguas diferentes? Según lo dicho, tal situación generará dos tipos de sujetos, toda vez que la realidad se centrifuga mediante un artefacto gramatical distinto.

Premisa que significaría que los conflictos que viven las personas en una situación diglósica se derivan del hecho de hablar distinta lengua, pues tales sujetos decodifican la realidad de un modo, ya no distinto, sino enfrentado.

STEINER

Una majadería deductiva que en su día defendió el ensayista Steiner, haciéndole decir que “sin duda” el terrorismo tenía un componente lingüístico. Tratándose de una lengua pleistocénica, por tanto, bárbara y cruel, su aprendizaje llevaba inserto el cultivo de la larva de la identidad del futuro terrorista. Una tesis perversa que ya venía siendo ordeñada por la derecha aunque no fuera lingüista, y que le llevaría a exigir la supresión de las ikastolas, consideradas como viveros del terrorismo. Inaudito planteamiento, porque por esa regla de tres, se podría deducir que aprender latín te convertiría, no en un futuro Calígula, sino en obispo.

 El mexicano habla mi lengua, pero no es español.  Y yo tampoco soy mexicano. Hablar idéntica lengua no otorga el mismo carnet de identidad. ¿Por qué? El mexicano utiliza los mismos significantes que yo, pero el sentido que da a las palabras están ligadas a una cultura particular, mamada desde el útero materno y en un contexto físico, histórico, social y afectivo distinto.

No somos distintos, porque hablemos una lengua diferente. La lengua no nos hace ni más guapos, ni mejores. Es la relación dialéctica con los otros la que afina y define quiénes queramos ser y con quiénes IDENTIDAD 2queremos estar en este mundo, hablemos polaco, árabe o ruso. La lengua tiene poco que ver con que uno sea un imbécil o de un determinado color político. Hablar una lengua no nos impide convertirnos en crápulas. Felizmente, la lengua no tiene ese poder de transformación. Que las lenguas que hablamos y escribimos se hayan convertido en motivos de fricción, de conflicto, de persecución y de marginación, se debe de forma indiscutible al totalitarismo político que las ha utilizado como obsceno proxeneta, pero, también, al fundamentalismo lingüístico con el que la reflexión mentalista aborda su influencia en la identidad individual y colectiva de una sociedad.

Somos lo que somos independientemente de la lengua que hablamos. O, si se prefiere, a pesar de ella. El crimen y la santidad no tiene color lingüístico, sino ético. Y ser bueno o malo como persona no depende de hablar una lengua determinada, pero sí, tal vez, con el decoro de respetarla y mantenerla viva contra todo tipo de dictaduras lingüísticas.




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De tópicos electoralistas   

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Suele decirse que los tópicos son incompatibles con la inteligencia. Y que echar mano de ellos es signo de gandulería y pereza cognitiva. Tanto que, cuanta menos formación tenga un político, mayor será su capacidad para refugiarse en el calcetín sudado de los tópicos. De ahí que huelan tan mal. Si esta premisa fuera concluyente, podríamos sugerir que la clase política, sea casta, virgen o promiscua, vive en permanente siesta lingüística. La utilización que hacen de tópicos y lugares comunes parece consustancial a su cargo. Así que, antes de acceder a él, deberían recibir un tratamiento específico contra el uso de esta plaga. Los tópicos son genéricos; de ahí su ineficacia.

¿Y qué decir de la nueva hornada de políticos? ¿Ha modificado su verborrea respecto a sus mayores o sigue naufragando en el Escila deltópico y el Caribdis de la frase hecha?

Vayamos por partidos,

Los del PP siguen obsesionados con el término comunista como lo estuviera Franco. No hay político del PP que no lo utilice para amenazar a la sociedad con una apocalipsis. Estaría bien que alguno de sus dirigentes se saliese del armario de su comité central y avisara que el comunismo es una alternativa política tan válida como otra cualquiera. Si no fuese así, a sus dirigentes, tanto del PC como de IU, habría que meterlos en la cárcel. A no ser que los populares confundan el Parlamento con una prisión y estén a la espera de cargárselo una vez más cuando sean mayoría absoluta.

  Cuanto menos civilizada es la derecha, más inclinada está a tirar de tópicos anticonstitucionales, esencialmente franquistas, y que ya no asustan ni a las monjas de clausura. Si fueran realmente demócratas, inventarían otras amenazas lexicales, dejando atrás términos tan rancios como leninista y comunista. Porque la dictadura franquista ya pasó, ¿no? Al utilizarlos ponen en evidencia lo poco que han evolucionado en términos de pensamiento político.

A la izquierda le va, obviamente, otra marcha terminológica. Pero conviene no hacerse ilusiones. Al buscar el mismo fin de ningunear al que tienen como oponente electoral aunque este sea de izquierda, caen, también, en la misma desfachatez lingüística. Y ya se sabe que, cuando no hay talento, hay talante. Y así pasa.

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Hace unos días, Patxi López mandaba a Pablo Iglesias al inframundo. Lo acusaba de estar poseído por “la ambición de querer el poder, sea como sea”. Alucinante. ¿Acaso ha olvidado López jauna que eso fue lo que él perpetró, no una, sino dos veces consecutivas? Una para ser lehendakari y otra para sentarse en el sillón principal del Parlamento. A ver si nos aclaramos. Un político, si algo tiene que tener es ambición política y no, pongo por caso, ambición torera o filatélica. Máxime, cuando tiene el período electoral. Si un político no aspira a hacerse con el poder, ¿en qué debe empeñarse? ¿En pintar aguamarinas? Y hacerlo, ¿cómo? ¿Sea como sea?

  Sé que López iba para ingeniero, así que no tiene por qué saber la etimología de la palabra ambición y que, curiosamente, tiene mucho que ver con el modus operandi del sea-como-sea. Ambición está formada por el prefijo amb y el verbo ire. Significa eso que señala Patxi López sin saberlo: “ir de un lado para otro, hacia la derecha o hacia a la izquierda, arriba o abajo, merodear por aquí, asomarse por allá, acechar por un lado y por otro”. ¿Para qué? ¡Para qué va a ser! Para conseguir la presidencia del Gobierno o la del Parlamento. O las dos cosas a la vez si hay mucha ambición de por medio.

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Si la ambición política personal no molesta, ¿por qué ha de crearte  dolores de tripas la del vecino?  Sea como sea, si la capacidad de distinguir un ambicioso de un tonto es virtud y Patxi López la posee en grado superlativo,  sería del género bobo, de comedia bufa, no explotarla en beneficio del partido. Siempre y cuando se considere que los ambiciosos del PSOE padecen de la misma ambición de Pablo Iglesias. ¿O quiere darnos a entender que la ambición política de Susana Díaz o de Fernández Vara es de distinta naturaleza a la que padece Iglesias? Ya nos explicará Patxi López cómo lo sabe.

No lo sabe. Lo que sí percibimos es la obsesión terminal en que han caído los socialistas con el dirigente de Podemos. Se pasan las horas haciendo  vudú con su coleta. Va a ser su perdición. Máxime si quienes se encargan de manejar las agujas del “pinchamiento” son gente tan torpe como López o Antonio Hernando, el portavoz de los socialistas en el Congreso.

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Si acusar a Iglesias de ambicioso fue una torpeza mayúscula, mucho peor sería incriminarlo por haber manifestado que Podemos había decidido ser un partido socialdemócrata con todas las consecuencias, (lo que ya son ganas conceptuales de complicar más la confusa orientación política de la llamada izquierda).

Hernando como Sánchez pusieron el grito en el cielo enladrillado de la dialéctica. El primero en los medios; el segundo en el debate ya pasado o diferido. Y no me explico por qué tanta escandalera. Todo por una palabra que nadie entiende lo que quiere decir. Si viviera Cinoc, aquel personaje de la novela de Perec, La vida instrucciones de uso, la enterraría y cantaría los gorigori del rigor mortis.  ¿Por qué molesta a Hernando y a Sánchez que Iglesias desee para su partido como seña de identidad la palabra socialdemocracia? Según los socialistas, porque el podemita, al hacerlo, humillaba a quienes lucharon por su nombre. Pero, más bien, se trata de lo contrario. Podría entenderse como un homenaje a aquellos luchadores que sí sabían lo que significaba socialdemocracia. Además, ¿quién les ha dicho a los dirigentes socialistas que son dueños de las palabras del común?

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¿A qué tiene miedo el PSOE? Probablemente, a que esos ambiciosos de Podemos recobren para la palabra socialdemocracia el vigor semántico y político que la mala praxis de su partido hizo añicos. Pero tampoco seamos ingenuos. La socialdemocracia es un término que hasta Lagarde, jefa del FMI, lo pronuncia muy bien en francés, en alemán y en inglés. No le molesta lo más mínimo. Tampoco, al IBEX 35. ¿Y al capitalismo europeo e internacional? En modo alguno. Tanto que el Estado del Bienestar, signo elocuente de la socialdemocracia de la que habla el PSOE, se dice que es obra del buen funcionamiento del sistema capitalista. Más aún. La propia democracia es fruto de él. Al fin y al cabo, si el capitalismo actual no se sintiera a gusto con esta democracia, ¿la dejaría seguir funcionando?

La conclusión de esta premisa es desoladora. La intuía, no Heráclito, sino su primo Parménides: “Métanse cuantas veces quieran en el río; saldrán siempre mojados”. Que traducido significa: es muy probable que en estas elecciones los podemitas se coman crudos a los socialistas. Entre otras causas, por haber destrozado un caudal de palabras que despertaban en el imaginario social utopías ilusionantes, y que hoy no son más que contaminación acústica, frases hechas, tópicos y lugares comunes. ¿Como socialdemocracia? Seguro.

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