Miguel Sánchez-Ostiz. Socialmente aceptado

abusos irlandaLLama la atención que mientras en Estados Unidos, Alemania y la católica Irlanda, la muy católica Irlanda, se venga denunciando desde hace años, desde que no eran noticia, los abusos sexuales practicados por religiosos en el ámbito de su ministerio o de su dedicación a la educación religiosa, en España, la no menos católica España, no haya habido apenas denuncias o éstas hayan pasado con la debida inadvertencia. España, pues, país libre de pecado, y de paso de delitos a los que nadie presta atención ni investiga. Milagro. Otro.

Sin embargo, con una copa en la mano, el relato más o menos detallado de abusos padecidos, en otro tiempo, siempre en otro tiempo, difiere de esa puesta en escena pública. Hasta es posible escuchar que aquello era “lo normal”. Encogimiento de hombros. Trago. Para pasar el sapo. “Total para qué lo ibas a denunciar si te pegaban si lo hacías, ¿quién iba a creerte?” Miedo tapa miedo, como clavo quita clavo. Y los relatos continúan, en el coro amistoso, a puerta cerrada, tan parecida a la boca cerrada. ¿Quién iba a creerte? Nadie, cosa con la que contaban quienes abusaban. La falta de crédito del menor y el crédito privilegiado de quien portaba hábitos y daba lugar a una relación reverencial, eran totales y cuando algún caso salía a la luz, casi por error, se echaba encima toda la tierra posible. ¿Quién se habría atrevido a denunciar a un cura, qué juez a juzgarlo? Ni siquiera hoy está socialmente bien visto no ya la denuncia, sino el hablar de ello. ¿Pasa este silencio por algún precepto religioso?

Supongo que no será fácil salir a la palestra para contar en público o en semi público algo que se ha vivido más como una vergüenza que como un agravio, y cuya expresión pública daña la propia imagen confundida con la famosa honra. Hace falta mucho valor para sacar a relucir vergüenzas viejas de media vida. Tengo mis dudas de que salgan a la luz alguna vez y no precisamente porque no se hayan dado.

Ahora, hablar de este asunto es ser anticlerical o participar en una campaña contra la Iglesia católica, víctima de un acoso tan intenso como inesperado, orquestado por las Fuerzas del Mal. Eso no es así y quien lo echa a rodar lo sabe porque practica las artimañas de siempre: azuzar la creencia ciega de los fieles en las instituciones de la confesión que practican, y reducir lo que es un delito tipificado en el Código Penal a pecado. Sin reparación del daño causado, por supuesto. Lo que les preocupa es el escándalo y el daño que se pueda causar a la imagen de la Iglesia, y el utilizar todo como munición política. A la víctima, el silencio, la obligación impuesta del olvido y el quedar bajo sospecha. Se entiende mal y es de una tristeza demoledora.

Días pasados, un clérigo condenado por abusos sostenía en su descargo que creía que lo que él practicaba, es decir, los abusos a menores, era algo “socialmente aceptado”. Lo más siniestro es lo que esconde esa afirmación: cuántos menores, luego adultos, creyeron que era algo que formaba parte del rito, del sacramento, algo también socialmente aceptado, una página más del mundo es ansí.

Artículo publicado en Diario de Noticias de Navarra

Miguel Sánchez-Ostiz

Información del autor y libros en Pamiela.com

http://vivirdebuenagana.blogspot.com/

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